Barcelona

Día 1 de 88

Aeropuerto de Tucumán. “Cuidala a tu hermana que es medio atolondrada” le dijo mi mamá al oído a Aymi, depositando en ella el sentido común de este viaje. Nada nuevo.

(…)

[15/2 16:28] iari rivero 👣: Como que esta es mi ciudad. Ya le dije a mi mamá que un día voy a vivir en Barcelona. “Ah estás decidida” decía y se reía. “Decidida”. No, pensé. No siento que lo haya decidido yo. No se lo dije para no asustarla. Algún día. No sé cómo ni cuándo. Pero lo sé con la sencillez que se acepta lo inevitable.

[15/2 19:36] Cecii: No sabes las ganas de conocer Barcelona, después de todo voy a hacer mi especialización allá

[15/2 20:22] iari rivero 👣: Oh por dios cual es tu especialización donde nos mudamos ya estoy eligiendo barrio querés ser mi compañera de piso?

[15/2 20:24] Cecii: Siiiiii te amo

Día 12 de 88

Se durmió (otra vez). El tour sale ya así que no desayunamos. Nuestro grupo está lleno de argentinos. Cuando me convidan mate siento patria en la garganta.

La historia de Barcelona explica muchas cosas. Explica qué olí, por qué me gusta. Son nacionalistas, apasionados, claros en sus convicciones. Son contestatarios, artistas y anarquistas. ¿Y cómo no iba a ser así si les prohibieron su cultura tres veces? Pensar que llegué y dije qué hinchapelotas, mirá que hablar catalán. No puedo leer nada. Ahora me dio orgullo por ellos.

Se nos une un grupo de primos argentinos. Julián, Lucas y Luciana. Y ya que estamos, vamos juntos. De camino al museo de Picasso pasamos por la plaza central donde están festejando no sé qué pero está lleno de nenes jugando con papel picado y burbujeros gigantes. La risa me dura para el resto del día.

Doy vueltas en el museo pensando que me divierte que Picasso aprenda para desaprender. Los nenes prodigios deben ser muy solitarios pero imaginate encima crecer con la presión de ese padre. Así que hizo de todo. Entró a la academia a los 13, perfeccionó técnicas clásicas hasta hartarse, abandonó las clases, se metió a copiar en museos, hizo amigos, viajó, se enfermó, recibió influencias. Aprendió a pintar como los grandes para terminar pintando como un nene. Colores llamativos, trazos fuertes y ojos al revés. No es que no sabía pintar de otra forma. No quería. Hasta cerámica probó. Se cansó de jugar. Pasó meses analizando, deconstruyendo y reversionando el cuadro de Las Meninas de Velazquez hasta dejarlo irreconocible. En su semana de descanso de ese proyecto se puso a pintar LAS PALOMAS DE SU BALCÓN. Ah, es insoportable, pensé. Pará un poco. Después pensé que quizá no podía. Hay llamados que son así, imperativos.

Como yo no podía dejar de mirar a los nenes de jardín que seguían a su guía en el museo. Tratar de escuchar cómo les explicaban a ellos Piccaso, qué opinaban.

Quizá tenía miedo de dejar de pintar. Quizá eso lo mantenía de este lado del abismo. Le dediqué un guiño cómplice de quien sabe lo demandante de las vocaciones.

En el mercado de la Boquería manda el que grita más fuerte, el de colores más brillantes, el que mejor huele. El lugar es un desastre de lo más divertido. Hierve de gente olfateando, relamiéndose, comiendo con los ojos o con las manos. El coco puede comerse con cáscara si está pelado pero deja picando la lengua. Nunca probé un ananá tan rico en mi vida.

(…)

Día 13 de 88

Sacamos turno para las 11.30 pero como ya es costumbre, llegamos tarde. Desayunamos apuradas, tomamos dos subtes y nos dicen que todo bien, que pasemos igual (extraño desayunar tranquilaaaaaaa asdfbinead)

Recorremos Casa Milá con el audioguía. Yo nunca había leído nada sobre Gaudí. No le sabía más que el nombre y todavía así, esa casa me decía que nos entendíamos muy bien. Los espacios, el uso de la luz, los colores. Había algo terrible y naturalmente hermoso en esa casa que quería ser mucho más que una casa. Está jugando, pienso.

No sé qué le pasa a mi hermana hoy pero decido que no tengo ganas de ponerme de mal humor. Barcelona me lo pone fácil. Después de discutir y no almorzar entramos a Casa Batló.

Es increíble. Eso. No me entra en la cabeza. Quiero saber más. ¿Quién sos Gaudí? El mundo es su plastilina. Nos siento hermanos en el tiempo. Esta es mi casa. Es todo lo que querría ser en esa realidad paralela donde soy arquitecta (que me acabo de enterar que existe). Es una casa en el mar, parece fantasía. Pero mirá de cerca. Un poco más de cerca. ¿No te parece que la solución que usó para tal problema es genial por su sencillez? Porque la sabíamos y la olvidamos. Porque está escrita “en el gran libro de la naturaleza”. “Originalidad es volver al origen”, solía decir.

No me quiero ir. No quiero salir pero salgo. Quiero más. Más colores partidos, más sorpresas escondidas, más curvas imposibles, más geometría hermosa. Salgo y le mando mensajes a mis amigos de que estoy enamorada, me volaron la cabeza. Estás emocionada por una casa, loca de mierda.

Si quiere seguir enojada está en su derecho. Qué se yo. Empiezo a pensar que no tiene nada que ver conmigo y la dejo que se vaya. Son las 5 de la tarde y estoy en Barcelona. No pienso volverme al hostel. Encuentro, o mejor dicho, me encuentran unas callecitas muy divertidas. Me resigno y guardo google maps, que igual no anda muy bien. Claro, el barrio gótico es así.

“Ay qué lindo saca muchas fotos!!!11”

Yo sonrío y digo que sí, que obvio. Aunque sepa que no, que nunca saco fotos. No puedo. No me da.

Voy caminando por un barrio que me encanta y me envuelven un montón de cosas. La libertad de los pibes que andan en skate, la ternura de la nena que le tira de la manga a su papá, el contraste de las fachadas de los edificios. Siento la atmósfera que crea el señor tocando su arpa africana, trayendo música de muy lejos y veo cómo (sin querer o queriendo) cuando le pasan por al lado todos bajan la velocidad. Y sigo caminando y me sigue envolviendo este nuevo misterio que hoy se llama Barcelona pero que ayer se llamó Madrid y que mañana va a ser Milán. Las ciudades respiran, te lo puedo jurar. Y si te paras a escuchar, te susurran historias.

Camino y camino con los ojos muy abiertos. Ferias de ropa vintage, galerías de arte clandestinas, tiendas de tatuajes, puentes escondidos, balcones con las sábanas al aire.

Me paro de repente. Qué lindo callejón. Es que es lindo, no sé. Resume muchas cosas que acabo de ver. Y yo te juro que no hay nada más que una callecita muy estrecha que dibuja una curva, una pared grafiteada, un balcón con helechos y el sol perdiéndose donde acaba la vista. Y yo trato. Pero la cámara es muy tonta o mis dedos muy torpes. Debe ser que no sé enfocar y la lente está sucia. Miro el resultado en mi teléfono y vuelvo a mirar el callejón y no. No está. No salió. No importa cuánto intente. Será que no tengo pulso. No es el ángulo correcto, la cantidad de luz apropiada. Me enojo. La borro. No se la muestro a nadie. Y me digo una vez más: ves? Por esto no sacas fotos.

Porque en mi cámara no sale la ternura de la nena y la libertad de los skaters y cómo camina la gente cuando escucha música africana. Quizá hay días demasiado lindos para entrar en una foto.

Día 14 de 88

(…)

Entrar a la Sagrada Familia y abrir la boca es un mismo momento. El guía sigue hablando pero ya no lo escucho. Es… es un árbol. Un bosque. Estoy adentro de un bosque mágico. La luz de colores de las ventanas quiere ser la luz filtrada a través de las hojas. Están las estaciones, los troncos, las ramas, el sol. Él decía que la fachada iba a ser espectacular y el interior muy simple. Puede que tenga razón. Me parte el corazón que no haya llegado a ver nada de esto y lo abrazo a la distancia. Quiero describir más de este lugar, de este momento. Pero no me animo. Sería torpe, estúpido. Me quedé sin palabras. Yo, imagínense.

Sólo puedo decir que la Sagrada Familia me invadió el pecho en forma de canción. Canté bajito, caminando tranquila con los ojos cielo, atravesando mi bosque mágico como si ningún compromiso terrenal pudiera retenerme.

Nota al margen: está terminando el viaje y no, no hay caso. Debo haber entrado a 100 iglesias en cinco países diferentes. No se comparan. No sé si voy a poder volver a entrar a una sin extrañar esta.

(…)

Día 18 de 88

Pienso en Barcelona como una de esas relaciones que van demasiado rápido. A los dos días de llegar veía un cuadro lindo en un local y pensaba en mi departamento imaginario. La despedida no me pega tan fuerte como pensé. Supongo que porque sé que voy a volver. Es inevitable. Tiene algo de bruja y ladrona esa ciudad.

(…)

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