Para mi compañero de proceso

Ibas a desaprobar, me acuerdo. Y yo a esa profesora la odiaba. Todo en ella era violento. Desde su forma de acomodar el banco hasta cómo dictaba. Lo único que hacía era dictar la hija de mil, no se le escapaba una explicación ni por casualidad. No teníamos relación. Eras más el hermano de Rochi. Pero te escuché decir que te la ibas a llevar a diciembre si no aprobabas este trimestre con no sé cuánto. Me dio tanta bronca que sea mala profesora que me ofrecí a explicarte yo. Fue un impulso.

Caíste a mi casa con Pato. Pato, otro ser desconocido para mí. Me senté en el sillón, abrí la carpeta y pensé que no tenía idea de cómo seguir. Me hice la segura, obvio. Tomé aire y miré de reojo el primer punto. ¿Qué tan difícil puede ser? Es como contar un cuento.

Me puse en papel de narradora y me divertí tanto. Si a mí siempre me gustó contar historias. Además vos eras la mejor audiencia del mundo. Un nene de 6 años atrapado en el cuerpo de un adolescente de 14. Todo te asombraba. Desfilaban los personajes, sus robos, sus crímenes, las guerras. Todo querías saber. Los cuestionábamos, discutíamos qué hubiéramos hecho en su lugar. “No sé si la medida de tal presidente fue justa.” Pero bueno, justa para quién. Y qué es que algo sea justo. Hablábamos por horas. Venían a almorzar y se quedaban hasta la merienda. Si los llegaba a ver mi mamá seguro les ofrecía pedir empanadas y por poco se quedaban a dormir.

Terminando el año, el último punto de la última guía, redondeé el relato con la emoción épica de los finales. “Es entonces cuando por la ley Saenz Peña, el voto pasa a ser universal, secreto y obligatorio. Nunca más voto cantado, ya nadie te podía amenazar para matarte. El voto secreto era una conquista del pueblo. Después de años de convivir con el fraude electoral generalizado, en las elecciones de 1916 pasó lo que tenía que pasar: por primera vez no ganó el partido oficialista… sino la Unión Cívica Radical.”

Cerré la carpeta contenta y te quedaste como esperando.

¿YYYYY?

¿Y qué?

¿Qué pasa después?

Qué se yo, ahí termina la guía. Te cuento el año que viene.

Tu carita de decepción fue muy graciosa. No te la llevaste a diciembre, obvio. Ninguno volvió a sacar menos de 8 con esa profesora. El año había terminado y había comenzado la amistad más nerd de la historia.

Al fin podía hablar de cosas en las que vivía pensando. Cosas que a nadie le interesaban. Podía usar palabras que a los 14 años parecen monstruosas como “sistema capitalista”. Palabras por las que mis amigas de siempre me hubieran mirado raro.

Me acuerdo de una vez que te quedaste congelado en el camino al aula. Había tocado el timbre en medio de un debate intenso, como siempre. Te quedaste quieto, te agarrabas la cabeza. “Gonzalo, hay que entrar. Qué te pasa?” “Es que… entonces… ¿¡el alma no existe?!” Me mirabas tan angustiado que me reí, no pude evitarlo. “No sé Gonzalo, después vemos.” Salió un profesor, nos miró feo y entramos. Después vemos. Si total nos sobraba tiempo para descifrar los misterios de la existencia.

Así funcionaba. Vos te angustiabas y yo me reía. Podía pasar una semana entera y que todos los recreos traten de si existe “la” verdad, qué tan absoluta o relativa puede ser. Era un juego. No terminaba nunca. La verdad, el alma, las utopías, la memoria. Las ideas eran arcilla y nos quedaban sucias las manos de amasarlas. Las hacíamos rebotar y mezclarse. Chocar, girar sobre sí mismas. El arte, la belleza, la justicia, Dios. Hacíamos malabares con ellas. Las abríamos para ver que llevaban adentro. La muerte, el miedo, los defectos, el cerebro. Las tirábamos al aire a ver si volaban, o al agua a ver si flotaban. Las estirábamos hasta romperlas. La esperanza, el cambio, la realidad. Ay, qué ruido hacían cuando se rompían. Qué miedo cuando se nos escapaban de las manos. La perfección, el lenguaje, la libertad. Pero qué divertido buscar el camino de vuelta. Era un constante a ver hasta dónde podemos llegar.

Tres años de secundaria así. En las escaleritas de las abstracciones, inventándonos caminos mentales, empachados de preguntas. Una sola regla: de todo se puede dudar. Aunque para ser sincera, a veces también dudábamos si se podía dudar de todo. Y de qué era “todo”. Y de si existía “dudar”.

Nos hicimos amigos en las ideas.

A la distancia nos doy ternura. Éramos algo así como exploradores. Todo era nuevo y emocionante, como si nadie hubiera incursionado en la selva de la filosofía antes que nosotros. El tesoro escondido era un concepto nuevo. Y esa sensación que tantas veces quisimos describir. La explosión de colores, el balde de agua fría, las cosquillas de sentir tu cabeza abriéndose lentamente a una idea. Sentir que tu mente se expande más allá de lo que conocías hasta ahora y saber que no hay vuelta atrás.

Hace poco salí a tomar una cerveza con Jipi. Es gracioso tener amigos que no conocés. Ya sabíamos que nos llevábamos bien, pero teníamos que presentarnos. Saltábamos de tema en tema pero el trasfondo era el mismo. “Contame quien sos, qué te hizo ser así, cómo terminamos acá”. ¿Me crees si te digo que para contestarle eso en un momento tuve que hablarle de vos y de cómo nos hicimos amigos?

Pasaron cinco años desde esa primera tarde de Historia. Desde hace cinco años que a tu conversación de WhatsApp van a parar todos mis borradores, literarios y mentales. Porque hablar con vos es como hablar conmigo y necesito contarte mis ideas para entenderlas. Desde hace cinco años que estás en marcación rápida, número de emergencia, a quién hablar si estoy sentada en la plaza llorando. Ni siquiera para que vengas, ni siquiera para que me digas algo. A veces necesito contarte cosas para entender qué me pasa.

Pasaron cinco años desde esa primera tarde de Historia. Nunca volví a sentirme sola o poco comprendida. Me está pasando tanto de conocer gente de nuestra edad que saliendo de su ámbito de siempre, sintió que pudo ser quien era. “En la secundaria nunca pude charlar así”, “supongo que quería encajar”, “hay partes de mi que me guardaba”. Y pensar que yo lo único que tenía que hacer para hablar de la finitud de nuestra existencia era dar vuelta la silla. Gracias.

Hubiera sido tan fácil no cruzarnos. En una dimensión paralela te iba bien en las materias, o nunca lo dijiste al frente mío, o pensé en ofrecerte ayuda pero me guardé el comentario. Hubiera sido tan fácil y hubiera cambiado tantas cosas. En esa dimensión paralela donde por segundos, por centímetros, nunca coincidimos, egresaste siendo “el hermano de Rochi”, otro compañero del montón. Y yo egresé siendo… ¿quién? Ni idea. No la yo que conozco, estoy segura. Qué regalo de los astros crecer con alguien en la misma sintonía.

Sé que últimamente nos vemos mucho pero hablamos menos porque, increíblemente, egresar implica que no sigas sentado en el banco de adelante. Todavía así tengo la manía de asumir que sabés lo que pasó en mi semana, como si ya te lo hubiera contado o como si hubieras estado ahí. Y es que estás, yo te juro que estás. No hay forma de no llevarte conmigo.

Me cagué de risa cuando Mariana tuiteó lo de si existen las acciones desinteresadas y contestaste algo muy parecido al audio que yo le había mandado el día anterior. Porque vos no te acordás (nunca te acordás de nada) pero fueron semanas de hablar ese tema hasta el cansancio porque te preocupaba un montón. Y es gracioso, pero tiene tanto sentido que cinco años después hayamos dicho lo mismo.

No hay forma de que en cada conversación filosófica que tenga el resto de mi vida, no tenga un pedacito de vos y no tengas un pedacito de mí. Decime si hay algo más irrompible que eso.

Ni me da miedo que conozcamos miles de otras personas que también les gusta hablar de cosas raras y que se vengan novios y viajes y trabajos y tantas experiencias donde no estamos los dos. Porque ya es demasiado tarde. El otro día salí con Jipi a tomar una cerveza y no pude contarle quién soy sin nombrarte. ¿Entendés lo para siempre que es eso?

Desde hace cinco años tengo a alguien con quien asombrarme del mundo.

Compañero de debates, salidas, aventuras.

Compañero de explorar, de admirar, de jugar.

Compañero de proceso.

Que siempre sea tan natural como contar un cuento y que te parezca emocionante hasta la Ley Saenz Peña.

Que siempre importe lo importante, como nombrar las piedras del río.

Que siempre haya otras preguntas, o las mismas renovadas. Que siempre nos una la duda y poquísimas certezas, como que todo trata de caminar.

Y que camines.

Ese es mi deseo de cumpleaños. Felices 20.

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