Para la chica de la que hablan las canciones

Conocí una Maru chiquita. Que se escondía detrás de su hermana para pasar desapercibida y le soplaba al oído las ideas que no se animaba a proponer. Eran buenas ideas.

Conocí una Maru que no podía pedir una hamburguesa en McDonald. Que se largó a llorar porque le pidieron que se baje en una peluquería y pregunte cuánto sale el corte.

Conocí una Maru chiquita, que a todos lados llevaba un cuaderno. No se lo muestro a nadie, decías. Pero me dejaste leer. No escribías nada mal. Capaz que por eso me fijé en vos. Había talento, intuiciones acertadas. Pero no, era otra cosa. Había ganas. Había hambre de mundo, curiosidad. Había tanta inteligencia como inseguridad. Tenías alas. De mariposa, quizá. Frágiles, dudosas. Todavía no te las habías visto.

Era demasiado tentador. Si hay algo que no soporto es ver potencial desperdiciado. Tenías tanto para dar. Sólo te hacía falta un empujón. Y Dios sabe que vine al mundo para desatarle a la gente los miedos (leáse: hincharles las pelotas hasta que se animen a ser quienes son).  

Es que tenés que venir a teatro. Tenés. No hay opción. Te hablé de lo increíble que era el grupo, de la confianza, de la libertad, de que ahí no existía la vergüenza. Vamos, te pinté un reino. Todo esto puede ser tuyo Maru, just hold my hand. Vas a estar conmigo. No tenés que actuar el primer día si no querés. No tenés que entrar sola. No te van a mirar. Te espero en Grido y vamos caminando juntas.

Te esperé un lunes, dos, tres. Te chamuyé, insistí, puteé. Tus excusas eran malísimas. A mí no me mientas, Maru. Tenés miedo, está bien. Pero te juro que vale la pena. Una vez te subiste al auto y DISTE LA VUELTA. Hasta que viniste. No puedo medir lo que fue para vos entrar. Que te hagan presentarte. Pasar a actuar. Pero sobreviviste, ¿no?

Todo ese año fue a pasos chiquitos. Vos no sabés cómo me hacía cosquillas en el alma ver lo natural que eras cuando actuabas, lo eficiente que eras como asistente,  lo audaz en las críticas, que hagas amistades, que te jodan los chicos. Un día me enteraba que por miedo te habías quedado sentada en tu cama, disfrazada de Coco Chanel, en vez de venir a la juntada. Antes de que te putee, me dijiste vos sola “ya sé, nunca más”.  Fuiste tomando confianza de a sorbitos. Obvio que te amaron. Obvio que caíste bien. Porque sos dulce, graciosa y le ponés corazón a todo lo que hacés. A fin de año eras una más, o mejor dicho, eras la reina de las burbujas.

Estuve ahí para verte ponerte en pedo y escuchar tus primeros “no sé qué pasó anoche” y “no tomo más”. Estuve ahí para verte cuestionarte con cada texto mío, con cada conversación y punto de vista diferente. Perderte y encontrarte en un laberinto de ideas. Definirte y quererte. Enfrentarte a tus papás. Discutir con profesores y compañeros defendiendo a negros, gays y feministas.

Me acuerdo de una vuelta que me relatabas acelerada y llena de bronca tu indignación diaria, esta vez en clase de geografía. Hablaban de la ONU y el profesor explicando una ceremonia particular dijo algo como “y bueno, básicamente es la vez al año que se reúnen vestidos de gala todos los funcionarios y sus esposas.” Me miraste, esperando una reacción. Te miré sin entender. “IARI ESTÁN ASUMIENDO QUE TODOS LOS FUNCIONARIOS SON HOMBRES, TE DAS CUENTA?” Tenías razón, claro. Tenías razón y sonreí de acá a la China. Orgullosa. Sonreí la semana entera y se lo conté a todos mis amigos, me acuerdo.  Al final me ibas a terminar enseñando feminismo vos.

Un día en teatro hiciste una escena sin palabras. Vos, la canción y tu cinta. Entraste segura. Cerraste los ojos y sonreíste sola. Bailaste. Como si nadie te viera, con todos nosotros sentados al frente. Fresca, mujer, libre. Qué ganas de que te hayas visto. Nunca estuviste tan linda. Eras vos. Natural. Sin miedos. Eras la que sos cuando te reís. Conquistabas el mundo con tu energía roja intensa. Nos tenías enamorados. Eras la chica de la que hablan las canciones.

My job here is done, pensé.

Y se me infló el corazón de orgullo y un poquito te extrañé por adelantado consciente de que el momento en que no me necesites más, está llegando.

Nunca te dije gracias por invadir mi vida con burbujas y plastilina. Vos no sabés como aprendo de vos todo el tiempo. Me renovás con tus preguntas, con tus dilemas que abren temas que en mí creía ya resueltos. Me hacés descubrirme de nuevo, desarmarme y volver a empezar. Me llenás con el vértigo de tus primeras veces, tu furia adolescente queriendo comerse el mundo.

Nunca te dije que me puse contenta cuando me contaste que en el curso te habían empezado a flashar de hippie, atea, lesbiana, feminista. Era buena señal. Significa que estabas reflejando hacia fuera tu (r)evolución interior. Que la irradiabas. Que ellos también podían verla y les molestaba. Era buena señal. Siempre habrá resistencia al cambio.

Estabas defendiendo algo en que creías con todo tu corazón. Lo que te parecía correcto, aunque sea poco popular. Estabas diciendo lo que pensabas a riesgo de caer mal. Cómo no me iba a poner contenta.

Está bien. Que te juzguen. Que no entiendan. Que te excluyan.

Que se preparen.

Ya llegó la chica de la que hablan las canciones.

 

No sabía cómo ponerle a la carta. Si el título que tiene o “Para mi pequeña”. Me decidí por este y me reí sola entendiendo que en eso se basa nuestra relación, desde el minuto uno. En elegir verte como todo lo que sé que podes llegar a ser. Sé que ya no sos tan pequeña y que tampoco te sentís todo el día, todos los días, la chica de la cinta. Está bien. Yo te veo en potencia siempre. Siempre supe que las alas de mariposa podían ser alas de halcón.

Volá. Alto, lejos. Y cuando estés por ahí, cambiando mundos, llenando vidas, de vez en cuando, acordate mí. Y de divertirte.

Feliz cumpleaños, mi noctiluca.

 

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