morite.

Alguien tuitea hace unos días preguntando si no los ahoga saber que van a morir porque a ella sí. Recibe muchísimas respuestas. Con buena intención y en tono alentador.

El jueves me escapé de la facultad para bancar un amigo en un velorio.

Mi hermano ve pasar una chica que se acaba de recibir en la caja de una camioneta. El desastre, la pintura, los bocinazos. Del otro lado de la avenida pasa, en el mismo momento, una carroza fúnebre.

Voy a una charla de historia y filosofía en la que, entre otras cosas, hablamos de la muerte.

No lo sabemos pero mientras estamos ahí en el teatro, en otro lado, un tal Matías (que no conozco), deja de respirar.

La noche siguiente en una juntada conozco un chico que me cuenta que a veces tiene tanto tanto miedo de morirse que la idea le quita el aire. Que pasa horas con ese peso en el pecho. Mirando el techo, dando vueltas en la cama, sin poder dormir.

Hoy me despierto y tengo mensajes de una amiga. Quiere que escriba algo sobre apreciar la vida. Me ofrece oreos a cambio.

Alguien en mi TL tuitea: “Estoy enamorada del mundo, me siento demasiado bien, no sé dónde meter tanta energía”. Nadie responde. Lógico.

Prendo la computadora y abro un archivo de Word. Es domingo.

Se me agolpan los pensamientos. Pelean por salir, por ser letras, porque los escriba primero. Estoy buscando cómo unirlos, qué hilo seguir para que esto tenga sentido. Sabiendo que no lo va a tener. Escribir sobre el final del hilo lleva implícita la falta de respuestas.

Por un momento me sorprende que el tema se haya instalado así en mi semana. De manera casi omnipresente. Pero no. Siempre está. Lo maquillamos, lo omitimos, le ponemos otros nombres. Es el tabú más viejo de la historia. Nace con nosotros. Nos pusimos de acuerdo como método de supervivencia. Escribimos grandes historias, teorías, canciones sobre la palabra eme. Pero nadie dice nada hasta que le toca de cerca. ¿O vos pasás un mate en una merienda y preguntas qué opinan sobre morirse? Y sin embargo, caminás, estudiás, comés, te enamorás con la certeza rotunda de que te vas a morir.

Y nadie quiere. Ni siquiera los que creen en el cielo o algún más allá. No quieren morir para llegar ahí. Y entonces, ¿qué hacemos? Qué se yo, mentir(nos). Hacer como que no sabemos. Ver tele, ir a trabajar, seguir la moda, tener hijos como si no fuéramos a morir. Y que a nadie se le ocurra decir lo contrario. En Twitter, por ejemplo. Contar públicamente que esta certeza te ahoga tiene como reacción millones de consejos, citas de libros, frases cliché que con la mejor onda del mundo te animan a abrazar la vida. Mirá que somos raros. Cómo nos pica que otro diga así, tan campante, algo que no nos atrevemos ni a pensar. Amá la vida, dicen y es imperativo. No pienses en cosas oscuras, no las sientas, no las nombres. Mejor hacé como todos y jugá a que la muerte no existe. A que el tiempo no es limitado y existir no es absurdo.

Es domingo. Alguien inventó el término dominguicidio. Será que cuando  tenemos tiempo libre nuestra cabeza vuela más hacia estos temas. Aunque lo que hagamos y dejemos de hacer, de lunes a domingo, a todas horas trate de contestar una sola cuestión. Qué hilo seguir para que esto tenga sentido.

Releo lo que escribí y me trabo. El cursor parpadea en esa media carilla en blanco. Sé lo que viene en este punto. Pinté un panorama muy lúgubre y ahora corresponde el remate consolador. Ahora viene el punto central de un libro de autoayuda, la luz, el abracadabra. La metáfora perfecta sobre lo hermosa que es la vida. Pero no la tengo. No tengo nada. Todos los remedios contra la angustia existencial me parecen ya inventados y el cursor sigue titilando.

El viernes en la charla, Darío (el filósofo) preguntó si en serio pensábamos que íbamos a seguir muriendo. De acá a 5 mil años, por ejemplo, la tecnología va a hacer que nadie tenga que morir, opinó. Ni mañana, ni en 300 años, pero algún día. “Y también, estoy seguro, en ese momento vamos a dejar de ser humanos”. Silencio. El teatro entero reacomodando sus ideas.

¿Será? ¿Estamos camino a aniquilar algo que nos define? ¿Y si no muriéramos más? Hace milenios que existimos buscando un remedio a la angustia. Porque no sólo sabés que te vas a morir sino que estás vivo y no tenés idea por qué. Queremos remedios, recetas, abracadabras. Los inventamos todos a las patadas, por pura necesidad. Los probamos todos con urgencia. ¿Pero y si ya lo supieras?

Si tuvieras LA respuesta, con mayúsculas, ¿la querrías?

La muerte es la pregunta máxima. De ella salen todas las demás. Imaginarte inmortal es imaginarte resuelto.

Imaginate estar vivo y saber por qué.

Imaginate nunca morir.

Imaginate sin preguntas.

Y si no hay nada que descubrir, ¿caminás? ¿Adónde? Y si no hay nada a qué aspirar, ¿tenés historias para contar? Lo inmortal no sueña. No siente pasión. No lo necesita.

Lo inmortal no es libre. No tiene la opción de ser otra cosa que correcto. Completo.

Y después estamos nosotros. Bendito milagro.

“Ser inmortal me mataría” -pienso de repente- “ojalá me muera”

Ojalá te mueras. Ojalá busques como loco y te crees un sentido, aunque sea a patadas. Ojalá nunca entiendas todo. Y te asombre la risa de un bebé y cómo cambia la luz del sol cuando se filtra por las hojas de un árbol. Ojalá sufras. Ojalá sientas hundirte. Ojalá sientas. Tanto que te quite el aire, como si fueras a explotar. Y que explotes. Ojalá explotes, muchas veces todos los días. Como si estuvieras en un laberinto o una montaña rusa. Ojalá respires hondo. Lento. Muy consciente del oxígeno llegando a tus pulmones. Sólo porque podés. Ojalá un día no respires más.

Ojalá te mueras. Te lo deseo con todo el corazón.

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