Para la niña de 20 años

¿Te acordás que antes no éramos amigas? Parece una tontera, ¿pero te acordás? Aparecés en las fotos de mi 15. Reuniones de acción. Mismo taller de teatro. Pero no éramos amigas. La cantidad de veces que nos debemos haber saludado así nomás, rápido, como se saluda cuando queda bien saludar.

Y un día la juntada era en mi casa y yo les dije que la que no tenga como volverse se quede a dormir, porque me niego a que alguien no salga por una boludez como esa. Se iba a quedar Justi también pero la buscaron o algo así. El resto se terminó de ir como a las 6.30. Nosotras juntamos un montón de comida y nos fuimos a mi cuarto a dormir un rato porque a las 9 tenías que estar en la parroquia. Nunca llegaste a la parroquia. Tampoco dormimos.

No sé bien cómo pasó. Creo que viste algún libro mío tirado por ahí y empezamos con que cronopios y que Latinoamérica y que soñar y caminar porque el capitalismo y Harry Potter y que dibujar boas abiertas y cerradas y que quién sos vos y qué estábamos haciendo que pasamos tantos años sin ser amigas. Hablamos por horas. No llegabas a la parroquia igual, así que no fuiste. Y en ese acelere de encontrar a alguien en la misma sintonía nos contamos cosas que sólo se cuentan de madrugada.

Por un año o más fuiste de esas amigas que no ves a menos que llames. Pero eso estaba muy bien. Ya que la vida no nos cruzaba sin querer, nos cruzábamos nosotras queriendo. No importaba mucho si pasaban 3 semanas o 10. Un mensaje era suficiente. Me acuerdo de uno que me dio mucha gracia. “Iari, cuando nos vemos? Siento que te tengo en blanco y necesito ponerte color.”

Quería decirte, por si no sabías, que me encanta escucharte contar algo. Lo juro. Vos empezás y mentalmente ya saqué pochoclos. Tenés la capacidad de volver una gran anécdota hasta la circunstancia más simple. No me importa si la decorás. Quizá tiene que ver con que las dos valoramos ante todo una buena historia. Que compartimos una manera muy narrativa de movernos por el mundo. Yo creo que todos estamos hechos de nuestras historias pero también de cómo elegimos contarlas. Vos las contás con humor y eso habla mucho de vos.

Me encanta que siempre pienses que sí. Que sí llegamos, que sí vamos a poder, que sí. Me encanta tu entusiasmo. Cagate de risa pero yo me cruzo con vos en el bondi 20 minutos y el efecto ceci-amor-por-la-vida me dura un par de horas. Llego, saludo a mi familia y me preguntan qué me pasa.

Me encanta tener a alguien a quien decirle “Sabés de que estoy tratando de escribir? De por qué crecer es divertido” y que entienda exactamente qué quiero decir. Supongo también que es eso. Fue eso desde el primer día, cuando desayunamos en un colchón en el piso de mi cuarto. Hay muchas cosas que para las dos están ahí, transparentes, claritas como el cristal. Mucho que no necesita explicarse. Podría darle un nombre pomposo como “concepción de la vida” pero prefiero que siga sin nombre porque estoy segura de que (ahora también) sabés a qué me refiero.

Una especie de código en común. Y tener esas contraseñas nos permite arrastrarnos, provocarnos, empujarnos un poquito más allá. Porque sabemos que la otra tiene más para dar. Es esa conexión linda de cuando estás en la cama elástica y la otra persona está ubicada en el lugar justo para hacerte rebotar y llegar más alto.

Yo sé que ahora nos vemos hasta en la sopa. Porque al fin nos tocó compartir elenco, cursamos una materia juntas y por cosas de la vida, nos rodeó un grupo hermoso de personitas en común. Pero también se me ocurrió que capaz que después no tanto. Que cabe la posibilidad de que en otro momento, nos toque volver a eso de no coincidir en nada. Así que quería decirte ahora, ya que cumplís años y me haces escribir esto, que si la vida no nos cruza sin querer, nos crucemos nosotras queriendo. No importa que pasen meses, si algún día no sabes nada de mí, llamame rápido.

Si algún día alguien tira torpemente un vaso gigante de agua encima de los apuntes la noche antes de rendir y te acordás de mí y los esquemas llenos de emoticones.

Si un día alguien nombra Buenos Aires y de golpe te acordás de nosotros y la feria, y el subte que casi te traga y de casi perder el avión por pararnos a comprar tizas gigantes de colores.

Si un día suena Perotá Chingó y te acordás de mí, y de Raco, y de todos tirados en el pasto buscando formas en las nubes y Agus que nos lee algo en voz alta y Pato que toca la guitarra y Gonzalo que dice Nigga dejá de joder. Y Nigga que hace un puchero y salimos todos a consolarla.

Si un día ves una lámpara o un cactus o un sanguche y se te ocurre una analogía entre este objeto inanimado y el sentido de nuestra existencia y mirás a tu alrededor, buscando a alguien a quien contarle y no hay nadie que le interese, y te acordás de mí. Y de que hace mucho no sabés nada de mí.

Ese día por favor llamame. No importa cuántos meses llevamos sin vernos. Llamame y decime que necesitas colorearme. Seguro que me andas haciendo falta y todavía no me di cuenta.

Seguro que me falta la niña de 20 años que sabe ser azul, verde y transparente al mismo tiempo. Que nació para creer que sí. Que puede agarrarme las manos y saltar conmigo en la cama elástica, girando, cayéndonos, riendo y volviéndonos a levantar. Rebotando al ritmo justo para que las dos lleguemos a la luna.

Seguí haciéndome crecer, Ceci. Que siempre nos queden viajes imaginarios pendientes, Raco esperándonos, misterios por descubrir y mundos que cambiar.

Te quiero y te admiro nivel sos mi desafío favorito.

Que los cumplas muy feliz.

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2 comentarios en “Para la niña de 20 años

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