La chocolatada que te falta

El mantel de plástico te tapa la vista. Te hacés un bollito contra una de las patas de la mesa. Que no me encuentren, pensás. No quiero que me encuentren. Pero ahí vienen. Se escuchan pasos. Van a entrar. Te van a llevar. No quiero. No quiero que me hagan hacer eso otra vez. Te traicionás soltando un pequeño sollozo. Te escucharon. Terminó todo.

Ella o él, esta tía o padre o madre o abuelo, se agacha, levanta el mantel y te descubre debajo de la mesa. Qué hace ahí el cumpleañero, te estábamos buscando, es hora de la torta. Y te arrastran o te alzan, te sientan en una silla alta y te rodean. Alguien apaga las luces. Alguien prende las velitas. Alguien saca una cámara de fotos. Nadie ve tu angustia. Esto era lo que no querías. Te aturden. Gritan, cantan, aplauden y el ritual no va a parar hasta que… hasta que soples las estúpidas velitas.

Termina la canción. Juntas aire y soplás. No querías. Yo sé que no querías. Pero, ¿qué ibas a hacer sino? Te tenían rodeado. Te iban a forzar a crecer a toda costa.

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Qué poco nos dura la ilusión de que crecer es lo mejor que nos puede pasar. Poco a poco, nos vamos haciendo la idea de que “ser grande” es la línea de llegada donde termina todo lo divertido.

Ser grande es estar atado a una corbata que amenaza con ahogarte. Papeles, responsabilidades. Una oficina de 2×2, un escritorio rebalsando de trabajo. Teléfonos que suenan. Un jefe que te putea. Llegar a tu casa y que te reclamen lo que no hiciste o podrías hacer mejor. Ser grande suena a migraña, miorelajantes, pastillas para dormir. Suena a estrés, cansancio y aburrimiento mortal. Sobre todo eso último. Resignarse. Ser grande suena a que todo lo bueno y lo emocionante queda pospuesto. Para cuando ahorre y los chicos vayan al colegio, o a la universidad, o vivan solos. Para cuando me jubile. Para después.

Y claro, cuando lo ves así, ser joven se convierte en un mandato imperioso. Emborracharme hasta perder la conciencia es prácticamente una obligación. Chapar por deporte. Hacerles coro en todo a mis amigos. No importa si implica ser un cagón o lastimar a otros. Probar cualquier cosa. Lo que sea que me haga sentir algo. Ya. Ahora. Rápido. Hagamos todo lo posible para no llegar a grandes.

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Se te pasa la vida así. Escondido debajo de la mesa. Te da terror que siempre haya más velitas que soplar. El tic tac de las agujas del reloj. La multitud que canta, aplaude y saca fotos y no te deja respirar. Y el qué vas a hacer, que ya te falta poco para egresarte, que cómo va esa carrera, que la novia donde está, que si ya encontraste laburo y para cuándo se agranda la familia.

“Madurar”
“Crecer”
“Futuro”

Suenan como malas palabras, ¿no?

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Mi mamá siempre me preguntaba si sabía qué significaban las malas palabras que decía. ¿Vos sabés?

Cuando decís “madurar”, ¿en qué pensás?

¿Quién es más inmaduro? ¿El que ya está en la secundaria y sigue jugando en el recreo o el que no se hace cargo de sus decisiones? ¿El que caza Pokemons o el que subestima a los que no piensan como él?

Capaz que son ideas mías, pero me parece más maduro el que va despreocupado cantando solo por la calle porque sí, porque puede, que el que se aguanta las ganas pero tararea en su mente mientras señala con el dedo y comenta por lo bajo: “Miralo. Pobre, qué ridículo.”

Y si a mí me gusta volar volantines, pero vos en vez de escuchar, sólo esperas tu turno para hablar… ¿cuál de los dos es más chiquilín?

Podés usar corbata y portafolio, pero si todavía no te diste cuenta que el chiste deja de ser chiste cuando al otro le duele, te falta tomar mucha chocolatada. Podés dejar la pilladita y las hamacas pero no te consideraría maduro si no te la jugás por lo que decís que te importa.

Cuando decís “crecer”, ¿a qué te suena?

También la busqué en el diccionario. Adiviná. Resulta que no tiene nada que ver con los centímetros de altura o la cantidad de velitas en la torta. Resulta que era otra cosa.

Crecer era apostar por mí. Querer ser mi mejor versión. La más auténtica, la más sana, la que me hace feliz. Crecer era quererme y cuidarme. Trabajar en pulir mis defectos para que no sean una carga para las personas que quiero. Explotar mis virtudes para regalarlas a los demás.

¿Eso es lo que nos da tanto miedo? ¿No será que nos daba miedo lo opuesto? Estancarnos. Amoldarnos. Resignarnos. Miedo da no tener aspiraciones. Haberte conformado. La gente conforme no vuela.

Confieso que durante mucho tiempo pensé que a los grandes les pasaba eso. Yo también pensaba que crecer era como irse apagando despacito. Ahora no. Ahora pienso que los grandes que no me gustan, los grises, los amargados… son los que decidieron no crecer. Porque crecer es justamente apuntar alto, querer ser mejor, querer más. Porque siempre hay más. Porque por suerte nos falta tanto por caminar.

Y cuando pensás en el “futuro”… ¿se te da vuelta el estómago?

¿Por qué? ¿Qué te hizo de malo el futuro? Si lo elegís vos. No tiene por qué ser así. No tiene por qué ser migraña y miorelajantes. No tenés que terminar en una oficina a menos que eso quieras. El futuro no se hace solo. Lo estás haciendo vos, ahora, ya. Con cada decisión que tomás.

Tu futuro son los hábitos que te estás haciendo sin darte cuenta. Las metas que te ponés, y lo que haces (y dejas de hacer) por alcanzarlas. Las personas con las que te rodeás y cómo te ayudan (o no) a crecer. Tu futuro se puede leer clarito en el orden de tu lista de prioridades. Si no sabés cómo es, fíjate cómo distribuís las horas de tu semana. ¿Cuánto tiempo hay para estresarte y cuánto para reírte? ¿Cuánto tiempo hay para las pantallas y cuánto para las personas? ¿Cuánto tiempo hay para quejarse y cuánto para moverse?

Porque tenemos la idea absurda de que el calendario nos transforma por ósmosis. Nos encanta pensar que se puede dejar el futuro para después. Como si un día nos fuéramos a levantar convertidos en todo lo que queremos ser. Comprometidos, alegres, generosos, humildes, sinceros. Pero no es así. No vas a ser de repente otra persona cuando decidas ir a la universidad, o vivir solo, o casarte, o trabajar o tener hijos, o lo que sea que te atraiga como proyecto de vida. Vas a ser exactamente la misma persona que ahora, en la versión que trabajes por ser.

Así que madurá. Aprendé de lo que no entendés. Respetá al que no te bancas. Tragate el orgullo y pedí perdón. Elegí lo que te hace bien. El otro no es adivino, explicate. No busques a quien culpar. Sé cursi cuando haga falta. No tengas vergüenza de hacer esas tonteras de chiquitos que se disfrutan. Sé más persona y menos personaje. Sé vos. No por nada las frutas maduras son más dulces.

Así que crecé. Que es aventura y desafío. Crecé, que el agua estancada se pudre. Trabajá en lo que te cuesta. Tenés tanto para dar. No lo guardes. El mundo te necesita en tu mejor versión. Dale, crecé. Renovate, empezá de nuevo. Llenate de personas que te den ganas de superarte. Es más divertido de a dos.

Adueñate de tu futuro. Diseñalo vos. ¿Qué querés? Es tuyo, dale. Animate a soñarlo. A tenerlo tan claro y tan propio que la avalancha de “qué vas hacer, y la novia, y el laburo y los hijos para cuándo”, no te provoque un ataque de pánico. Hacete cargo. Paso a paso, que todo va a salir bien. Disfrutalo. Si es tan lindo construir. Y vas a ver cómo la presión va desapareciendo.

Que madurar te suene a crecer, que crecer te suene a futuro y que futuro te suene a proyecto y no a condena.

Una vez leí que madurar era volver a encontrar esa seriedad con la que jugábamos de chicos. No tenés que ser estrés y pastillas para dormir. No tenés que pasártela abrazado a la pata de la mesa, muerto de miedo por lo inevitable. La otra opción es vivir. Vivir de tal forma que el nene que fuiste y el grande que querés ser se reconozcan, se saluden y se abracen.

Así que salí de abajo de la mesa.

Y sigamos jugando.

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5 comentarios en “La chocolatada que te falta

  1. Realmente genial, las personas nos calificamos solas por lo que hacemos y dejamos de hacer, pero en verdad lo que vale es eso, lo que no planifica y le pone todo de uno mismo. No por esto tenemos que ser unos amargados sin sueños,Realmente genial

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