Sobre mundos y piedras (o por qué nos hacemos falta)

Yo sé que tu mundo no es como el mío y me parece bien.

Te atrae lo que podes calcular, predecir, controlar. Que no salga fuera de este  cuadrado. Que dos más dos siempre dé cuatro. Hechos, hechos, hechos. Si no lo podes medir, no existe.

Está bien. Hacen falta personas exactas y razonables. Que entiendan los misterios de las computadoras, que armen cohetes, que sepan de qué están hechos mis huesos y por qué me enfermo.

Pero querido, mi mundo no vale menos que el tuyo.

Sé que te dijeron que sí. Lo dijeron padres y maestros. Lo dicen los salarios. Lo dice esa pequeña mueca incrédula que hacemos antes de pronunciar “profesor”, “artista”, “filosofía”. Ese tono de reverencia que usamos al decir “médico”, “contador”, “ingeniero”.

Porque, como se sabe, ser profesor es cagarse de hambre. La filosofía no es una carrera seria. Hacer música es ridículo. Estudiar cine es un hobbie. La historia no sirve porque ya pasó.

La cantidad de veces que tuve que escuchar con más o menos palabras, directa o indirectamente, que era un desperdicio que me dedique a la educación “siendo tan inteligente”. Porque la gente inteligente, según parece, se ocupa de otras cosas. De cosas útiles. Importantes. Con muchos números de por medio.

Lamento decepcionarte, pero mi mundo no vale menos que el tuyo. Vos también me necesitas.

Hacen falta personas emocionales, imprecisas, intuitivas. Que entiendan los misterios de las miradas, que armen castillos en el aire, que sepan de qué están hechas las culturas y cómo llegamos hasta acá. 

Que debatan horas sabiendo que no se van a poner de acuerdo, que no se trata de eso. Porque los temas así, enredados, jamás llegan a una respuesta definitiva. Y eso está muy bien (aunque vos no lo entiendas). 

Los límites que a vos te dan seguridad, a mí me aburren soberanamente. En mi mundo, dos más dos a veces da cuatro y a veces no. Porque son temas que tienen que ver con los seres humanos y nosotros somos así. Desordenados, complejos, inconclusos.

No espero que te guste ese caos. Sí espero que lo valores. Porque ese “seres humanos”, te incluye. Todo mi mundo se basa sobre la premisa de que vos y yo, somos mucho, mucho más que átomos. ¿Pero qué? ¿De qué estoy hecho? ¿Por qué me emociona la música? ¿De dónde saco mis ideas? ¿Hay alguna forma “correcta” de vivir? En todo este tiempo que llevamos sobre la Tierra, ¿estamos avanzando o retrocediendo?

Sé que no te gustan mis preguntas. Esas grandes, amplias, que abarcan la inmensidad del cosmos y más allá. Mis preguntas sobre el alma no entran en tu tubo de ensayo y eso te pone nervioso. Preferís decir que son tontas. Sé que una parte de vos le gustaría, por ejemplo, poner los sentimientos en cajitas, etiquetarlos, ordenarlos y realizar una serie de experimentos hasta que puedas prever sus efectos. Pero querido, no funciona así.

Algún día la vida te va a dar un golpe y te va a dejar tirado. Te vas a sorprender planteándote una de esas preguntas. Esas que antes te parecían tan vagas. Ahí sí que va a ser urgente, ahí no vas a tener escapatoria.

Porque el más archi doctorado de los científicos, cuando llega a su casa y se quita la bata blanca, cuando se mira en el espejo y suspira, cuando apaga la luz y siente la soledad de su carne entre las sábanas frías… también le tiene miedo a la muerte. También le interroga al techo si hay un orden o destino. Si no es todo en vano. El más archi doctorado de los científicos también se hace preguntas que sus fórmulas no pueden contestar.

Porque lo que no se puede medir sigue siendo real. Porque las cosas que no se pueden predecir ni controlar, también son importantes.

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Algún día vas a tener que abrir un diario lleno de candidatos e interpretarlo vos solito. Sin tus papás opinando atrás. Quién miente, qué quieren, de donde salieron. No sé. Pero probablemente son los mismos personajes con distintos nombres, los mismos viejos trucos. Si tan solo supieras un poquito de Historia Argentina.

Algún día vas a tener que mandar a tus hijos a un colegio. Ahí pueden enseñarle a soñar o a resignarse. A pensar o a obedecer. A sentir o a cerrar los ojos. Pero bueno, que maestro sea cualquiera, total. ¿A quién le importa si le enseñan a volar o a tener miedo?

Algún día vas a necesitar explicar algo y no vas a saber. Y te va a molestar, te va a picar en todo el cuerpo. Hasta que descubras que alguien ya lo hizo canción. Hasta que ver a alguien bailando te quite el aliento. Hasta que salgas una noche del cine, temblando de emoción y con la cabeza llena de preguntas. Hasta que encuentres una foto que dice todo lo que tenías atorado en la garganta. Y te sientas mejor.

¿En qué momento nos convencieron de que crear algo hermoso no era un oficio digno? ¿Que el pasado estaba muerto y no vivía en mis ideas, en mis prejuicios? ¿Que mirar un nene a los ojos y enseñarle a confiar en sí mismo era cosa fácil? ¿Que las únicas preguntas que valían la pena se respondían con una ecuación, optando por A, B o C, recitando una oración de memoria?

No sé. Alguien nos dibujó una pirámide y dijo que allá arriba estaban las ciencias exactas y el resto eran para los pobres mortales. El resto eran las fáciles. Nada serio. Una pérdida de tiempo.

Por suerte, el mundo es un poco más variado y divertido que eso.

Si fuéramos un poquito más abiertos, más dispuestos a ponernos otros anteojos. Si no existiera esa pequeña mueca incrédula ante algunas carreras, ni ese tono de reverencia para otras. Si nos sacudiéramos esta estúpida necesidad de poner a los mundos en una escala. Si avanzáramos un pasito y dejáramos que otro nos cuente por qué le atrae lo que hace. Si valoráramos también todo lo que no entendemos o no alcanzamos a ver.

Quizá entenderíamos por qué todos nos hacemos falta.

Una vez me dijeron que si la Geología existe es porque alguien decidió que las piedras eran terriblemente fascinantes y dedicó su vida a estudiarlas. A mí eso me parece genial. Que se pueda amar una piedrita más allá de la razón, aunque pocos lo entiendan. Que nuestro mundo esté tan lleno de mundos. Que sea tan interesante que cada uno encuentre un pequeño aspecto de él que le quite el sueño, que lo cautive.

Hay personas que ven en los huesos, en una piedra o en los números mil cosas que yo no veo… y esa es una locura que debería celebrarse. Qué pena existir en un mundo lleno de mundos y no animarse a viajar. Al final del día, sólo se trata de distintas formas de honrar la vida.

Porque querido, mi piedra no vale menos que la tuya.

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2 comentarios en “Sobre mundos y piedras (o por qué nos hacemos falta)

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