Remolacha y salame

-Te quiero un montón… no sé si cuenta-

Siempre que hace un sanguche le pasa lo mismo. Empieza tranquila, separando las dos rodajas de pan lactal y de repente todo lo que hay en la heladera le resulta atractivo. Se deja llevar por la emoción del momento y claro, cómo no le va a poner berenjenas al escabeche y aceitunas y aderezo de esto y salsa de lo otro.

Lucía sabe que tiene que cortar algo que ella misma generó. Fue la primera en hablarle y hasta la que lo invitó a salir. Ahora lo mira y le dice que lo quiere pero no sabe si cuenta. Y ni siquiera se acuerda por qué pensó que le gustaba. Es que le parecía hasta lógico. Cómo no, si siempre le gustaron los rubios y la lechuga combina perfectamente con la salsa inglesa.

Parece tan obvio ahora que las pocas cosas que tienen en común se las inventó ella. Si Sebastián no soporta los animales y ella vive con pelo de gato en la ropa. Si ella siempre quiere comer afuera y el plan perfecto para él es cocinar  en casa. Parece tan obvio ahora que apretó a más no poder las dos tapas del sanguche para que encajen. Y terminó con una cosa enorme y voluminosa que chorrea por todos lados y ni siquiera tiene pinta de rico. Porque siempre que va a preparar un sanguche hace lo mismo. Está tan preocupada en gustar, en amoldarse al otro, que no se detiene a ver si a ella le gusta la persona que tiene al frente. Si eso era lo que quería.

Después el sanguche no le entra en la boca o en el estómago y termina tirando más de la mitad. Después no le alcanza el coraje o el cariño para quedarse, o quizá le sobran las dos cosas para seguir mintiéndole a alguien que no se lo merece. Porque Sebastián no tiene la culpa de que ella no sepa preparar sanguches.

Y es que el problema no es que la remolacha no pegue con el salame. A quién le importa si ella nunca se pierde los programas de chimento y él solo ve  tutoriales de YouTube. O si él ama desayunar y ella no puede comunicarse normalmente con ningún ser vivo hasta después de las 10. Si ella quiere mochilear años enteros y él moriría tranquilamente en la misma ciudad. Lucía piensa que podría con la mezcla de salame y remolacha si supiera que le gusta  Sebastián. Pero no sabe.

Y una vez le dijeron que cuando dudás, es no. Porque debería ser más fácil. Debería ser un sí rotundo, desde el fondo de las entrañas. Pero en las entrañas sólo siente que la comida le está cayendo pésima. Y no debería hacer muecas de desagrado si está comiendo su propia relación, pero cómo le explicas esto a Sebastián porque la puta madre, siempre siempre que va a preparar un sanguche le pasa lo mismo.

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-No, no cuenta – murmura él

Y no la mira. Ella empieza a balbucear a toda velocidad, como hace cuando está muy nerviosa o a punto de llorar. Sebastián no la mira. Ahora está explicando algo de un sanguche con zanahoria y mayonesa, pero él lo único que puede pensar es que está harto. Está cansado de que cada vez que va a abrir la puerta le pase lo mismo.

Porque fue ella la que tocó el timbre. Que cómo estás, que una amiga me pasó tu número, que espero que no te parezca cualquiera que te hable. Que ah, mirá pasaba por acá y pensé que por ahí, no sé, tenías ganas de tomar algo. Y a él le divertía un poco que la cosa fuera sin tantas vueltas, para variar. Ella tocaba timbre, aplaudía, lo saludaba por la ventana. Y a él le terminó cayendo  simpática. Quedaba esperando volver a verla pasar. Así que sí, un buen día se levantó del sillón y le abrió.

Ahora ella misma cerraba la puerta despacito, como pidiendo perdón. Llevándose todas sus cosas. Y el living de Sebastián quedaba como antes. Sin mantel en la mesa ratona, sin flores, ni almohadones de colores. Porque Lucía había entrado a desordenarle todo, a llenarlo de vida. Ahora quedaba como antes, pero Sebastián está seguro de que antes no parecía tan apagado.

Ella sigue dando un montón de explicaciones sobre el queso, la salsa de soja y el perejil. Él quiere que lo deje hablar. Decirle que puede aprender a mirar Susana, adoptar un gato asqueroso y salir a comer dos veces por semana a esos lugares llenos de gente. Que podría acostumbrarse a perder tiempo en la cama hasta las 11 y hasta ir haciendo dedo a esos países higiénicamente inhabitables que a ella tanto le gustan. Que podría… podría…

Pero cuando Lucía finalmente se calla, Sebastián abre la boca para pedirle que se limpie bien los pies al salir. Es que está harto. Siempre siempre que decide ir a abrir la puerta le pasa lo mismo. Desde chiquito, cuando era el único de la casa que corría a recibir a los invitados. El único que se encariñaba con la bisabuela, con el perro, con el tío que vivía lejos. Con todos los que se terminaban yendo.

No hay que abrirle más a nadie. Nunca. Porque las Lucías son así. Solamente llegan para hacer ruido y desordenar livings. No saben preparar sanguches.

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Y así se separan. Y está bien.

Lucía se aleja con todo el rimmel corrido. Sebastián patea la mesa ratona y se deja caer contra la puerta. Cómo duele.

Es que no saben todavía. No tienen forma de saberlo.

Lucía mañana va a desayunar sola, él recién se va a levantar para el almuerzo. Sebastián sin querer queriendo va a dejar prendido Tinelli, ella sin querer queriendo va a buscar el último post de su Youtuber favorito.

 

Pero con los años, por la ventana de Sebastián pasarán sonriendo Carolinas, Julietas y Rosarios. Y por suerte, los Sebastianes no son buenos poniendo candados. Alguna se quedará a llenar de flores el living.

Lucía irá un día de estos a un curso de cocina y entenderá que preparar sanguches requiere paciencia además de valor. Descubrirá, entre otras cosas, que las berenjenas al escabeche no le gustan. Y que no tiene por qué conformarse con ellas.

 

Pero eso todavía no lo saben.

¿Cómo iban a saberlo?

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