Querido desconocido

Hola, ¿me ve? No estoy vendiendo nada. No soy de ningún partido político.

Sólo quiero alegrarlo un poco. Buen día señor, lo vi.

“Mil motivos para sonreír” es una intervención social. Intervengo. Por un momento, pequeño,  efímero, irrumpo en tu día. Como un huracán de color y música. Con un buen día cantado a los gritos mientras agito un cartel que dice que la vida es hermosa. Como un desastre con nariz de payaso y cara pintada.

Por segundos, soy parte de tu día. Me ves. Nos vemos. Entre esa marea de gente que es el centro, esa marea gris que camina entre el humo mirando al piso. Tosen, se empujan, se pisan, putean, se quejan, hablan por celular a los gritos.

En medio de todo eso te veo. Te busco la mirada. Me encontrás. Y sosteniéndote los ojos y con una sonrisa gigante te digo que buen día, que estés bien. El efecto es instantáneo. Se te achinan los ojos y mostrás los dientes. Te estás riendo. Cómo te cambia la cara, qué lindo te queda. Me quiero guardar este milagro en el bolsillo.

Un grupo de locos se sube a los colectivos a desearles paz.  Le regalan un caramelo al kiosquero por ser un trabajador de lujo. Se paran en medio de un bar para comunicarles a todos los presentes que queremos que sean muy felices. Le piden al que vende juguetitos en la peatonal que cambie la cara, que sonriendo se vende mejor. Se meten en los locales de ropa a decirles que trabajen con alegría, que es sábado. Le dicen a los pizzeros del mercado que hace falta gente que cocine con amor. Le gritan a ese grupo de adolescentes con el celular que a la vida hay que ponerle onda o acá se pudre todo. Cantan, saltan, bailan con los músicos ambulantes,  sacan a bailar a la gente… y el milagro se multiplica.

 

“Cambio un abrazo por una sonrisa” dicen los carteles de algunos de los chicos. Paras a alguien y le ofreces un abrazo.  Acepta. Abrazas a ese viejito arrugado y triste. Con toda el alma. Te estremecés. Por él y por vos.  Tenemos tanta necesidad de ternura.

 

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Hola, ¿te acordás de mí? Un sábado a la mañana caminabas por el centro, quizá pensando en el almuerzo, comprando un regalo, haciendo un trámite. Y de repente aparecí yo. Venía saltando. Tenía un cartel que decía “Feliz vida!”, la cara sucia y la sonrisa grande. “BUEN DÍA, BUEN DÍAAAAA, ¿me regalas una sonrisa?” Y me regalaste lo más lindo que tenías. Por un instante me hiciste parte de tu mundo.

Querido desconocido que me sonrió, espero de todo corazón que estés bien. Que hayas tenido una gran anécdota para contar sobre el grupo de raritos que montó un circo en la peatonal esa mañana. Pero más que nada, quiero haber quebrado algo en vos. Que justo después de apagar la luz esa noche, un poco te hayas quedado pensando en qué nos llevó a hacer algo así.

¿Será que el mundo necesita más locuras y menos caras largas? Y si todo es tan acelerado y gris. Si la gente es tan indiferente y egoísta… ¿vale la pena? Tener el coraje de mirar a los ojos, conectar… que el otro importe. ¿Será que estas cosas se contagian? ¿Que todavía se puede hacer algo?

No sé. Yo tampoco sé. Estaba improvisando.

Pero si querés, vení. Hagamos el intento.

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