Como el genio

Ezeiza, Buenos Aires. Los últimos minutos con mi mamá antes de pasar a la sección de “solo pasajeros”. Las lágrimas, los mocos. El ritmo de mi respiración mientras me alejaba de ella, la campera de cuero azul, el peso de la valija en una mano y los documentos en la otra, agarrados como se agarra un salvavidas. Pero respiré hondo y ya no dudé.

Sonaban solamente dos palabras en mi cabeza: estoy lista. Era certeza. En ese momento era capaz de todo. No detecté ni una pizca de miedo. Felicidad pura. ¿Sería eso libertad? Me sentí liviana.

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Aeropuerto JFK, Nueva York. Pienso que este lugar es gigante, que mañana a esta hora estaré otra vez en casa, que mi papá me espera en Ezeiza y que se me antoja pasearme sola a mis anchas por última vez. Con mi mochila, mis valijas, haciéndome cargo de mis cosas. Sin esperar, sin preguntar, sin dar explicaciones. Cómo me gusta ese sabor a independencia. Me pregunto cuándo volveré a sentirlo plenamente.

Han pasado tres meses. Conozco Manhattan como el patio de mi casa. Tengo amigos que no hablan mi mismo idioma, ni tienen mi misma edad, nacionalidad o religión. Percibo distinto a mi país, al mundo en sí y a mí misma.

¿Y ahora qué? Tucumán suena demasiado lejos. Hasta un poco ajeno. ¿Qué voy a hacer yo ahí? Pienso que armar la dichosa valija que cargo me costó el esfuerzo del año. Sentada frente a los cajones, incapaz de sacar las cosas. No podía hacerlo oficial. No podía irme. Y por alguna razón, todos me hablaban dando por hecho que yo tenía que estar muy contenta por volverme. Estaba algo así como conforme, a ratos. En otros momentos me agarraba una angustia asquerosa, incontrolable. Los finales nunca han sido mi especialidad.

Me doy cuenta que me da miedo olvidarme de todo lo que sentí estos tres meses. De lo aprendido, de lo vivido. Me da miedo volver a la rutina, y que esto se desvanezca incluso en mí. No habrá nadie ahí para refrescarme la memoria. Nadie sintió lo mismo.

Pienso en esa esquina que me gusta tanto. 42nd street con Lexington Avenue. No tiene nada de particular, salvo que por ahí salíamos de la estación de trenes cada vez que íbamos a Manhattan. Me veo parada en esa esquina abriendo mucho los ojos y respirando hondo como si así pudiera guardarme ese momento en el pecho. Mapa en mano, mochila cargada de fruta y sanguchitos robados del buffet, botellita de agua para recargar en las fuentes, zapatillas deportivas y andar. Si son 30 o 80 cuadras da exactamente igual. Vida de estudiante que ahorra. Vamos únicamente a actividades y museos gratis. Paramos a montar nuestro picnic en cualquier parque donde nos agarre el hambre. Y caminar, caminar, caminar. Soy tan feliz.

Ese salir de la estación y dedicar un segundo, un precioso segundo a admirar la ciudad antes de arrancar, es solamente superado por el momento de sentarte en el tren de vuelta, con amigas y los pies destrozados, riéndote mientras repasas la jornada. Sabiendo que ya está. Ya estás sentada en el tren, lo que significa que tenes una hermosa hora para dormir y que pasaste un día espectacular.

Pienso en mi clase internacional. Quizá sea eso lo que más voy a extrañar. Que la diversidad sea tanta, que uno deje de tratar de manejarla y empiece a disfrutarla. No saber qué voy a aprender de sus países mañana. Que me presenten cinco realidades diferentes en un par de minutos. Encontrarme a mi misma comparando, justificando, aclarando, debatiendo. ¿Cuál es la forma correcta? ¿Quién tiene razón? Nadie, aprendí. Simplemente no se trata de eso.

Pienso en lo lindo que fue el último día hablar de lo que más nos gusta de nuestra cultura, y compartir todo lo que, ahora sé, significa Argentina. Cómo el contraste cultural te obliga a volver a las raíces. Porque no podes respaldarte sino sabes quién sos, ni de donde venís.

¿Y ahora?

Casi escucho a mi profesora usando una de sus expresiones preferidas: “You can’t put the genie back into the bottle”, que significa básicamente que una vez que algo ha empezado o ha pasado, no se puede revertir tan fácilmente. Sea un boom tecnológico, o el movimiento por los derechos de la mujer. Hay cosas que no pueden deshacerse, que una vez que están ahí afuera, son imparables. “No podes volver a poner el genio adentro de la botella.”

Sonrío profunda, íntimamente. Me siento como el genio. Probé la libertad y la responsabilidad. Conocí la soledad por primera vez. Aprendí la necesidad y el valor de ser vulnerable, porque la gente fuerte ama, ama un montón. Descubrí que uno no descansa en los lugares, sino en las personas. Vi el mundo.

No estoy segura cómo aterricé en este lugar tan gracioso que llaman vida, pero me encanta. Y ya no hay nadie que pueda decirme que vivir no es una locura lindísima. Que este mundo no es más grande, variado, magnifico y raro de lo imaginable. Que alguien me niegue ahora que como humanos no nos une algo único, precioso y esencial, después de haberme encontrado con chicos del mundo entero. Que alguien me diga ahora que todo está perdido, después de haber visto que esos mismos chicos tienen la cabeza y las manos siempre abiertas.

Que alguien me diga ahora que me quede quieta. Que traten. You can’t put the genie back into the bottle. Es una burbuja que explotó. Me veo más segura que nunca, más traviesa, más curiosa, con más fuerzas, con más ganas, con más aire.

Hay un mundo ahí afuera. No voy a hacerlo esperar.

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