Dejarse asaltar

Nunca aprendo. Doce semanas y no sé las reglas del juego. O las sé demasiado bien.

En este campus las personas llegan a hacer un curso por un tiempo finito. Desde el primer día que saludas a alguien, sabes que no va a formar parte de tu vida real. Por esa cosita llamada distancia. Porque te separa un océano.

Dos, tres semanas, un mes quizá… y vas a estar sonriendo mientras te secas las lágrimas, lo ayudas con la valija y te sacas una foto. Te das un abrazo. Lo ves alejarse en el taxi con destino al aeropuerto.

¿Cómo se hace? ¿Cómo abrazas a alguien sabiendo que vive en el otro lado del mundo? Que el reencuentro prometido es más que nada imaginario. ¿Cómo se quiere a tan corto plazo? ¿Cómo se quiere con fecha de vencimiento?

Yo no sé, pero se quiere y mucho.

La escenita del taxi no suena tan mal. Tiene hasta su encanto en ese eco a película. La primera vez.

Pero como dije, nadie viene acá a vivir. Los cursos se terminan. Tus compañeros de clase, de cuarto, de aventuras… Empezas a acostumbrarte a que los sábados duelan. Valijas llenando el lobby principal. Siempre hay alguien a quien agregar a tu colección de despedidas.

Lo peor es lo que pasa cuando el taxi se pierde de vista. Cuando volves a tu cuarto con un nudo en la garganta y te das cuenta que estás solo. Los últimos dos sábados te arrebataron a todas esas personitas geniales y queribles con las que pasabas cada minuto. Todo sería distinto si el campus no fuera tan grande. Si fuera como el pueblo chico, donde pasas y vas saludando, donde nadie queda aislado. Pero entre los cientos y cientos de estudiantes, sos invisible.

Sos invisible y estás solo. No es ni la primera, ni la tercera vez y sabes que no va a ser la última. Si queres que te vean tenes que moverte. Salir, hablar, dar el primer paso. Pero acordate… que sos invisible y estás sola. Y que ese abrazo frente al taxi todavía te duele en el pecho como si te acabaran de picar un pedacito del alma a la juliana.

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Y ahí, es donde siempre intento poner el alto. Los adioses van a matarme. Ya tuve suficiente. No quiero volver a ayudar a empacar, ni firmar más banderas, ni hablar de reencuentros ficticios. No quiero, no puedo. Esto no da para más. Es hora de buscar amigos que se queden más tiempo que vos. Y a los de curso más corto, ignorarlos.

He aquí el milagro. Los domingos el lobby se llena de valijas también. Es día de bienvenidas. Nuevos estudiantes llenan las aulas. ¿Cómo mirarlos con simpatía? Si están ocupando el lugar de mis amigos. El primer día los odio. Los odio, más que nada, porque apesta a deja vú. Es un maldito círculo vicioso.

Porque a mi pesar, los nuevos me sanan un poco. Traen risas diferentes, aire fresco y sol. Son completamente únicos. Puntos de vista, experiencias, locuras, costumbres. Conocerlos me hace crecer.

Antes de que sepa que está pasando, los sábados comienzan a llegar. Otra vez ando moqueando por los pasillos. ¿Por qué? Si hay personas vienen a quedarse 6, 9, 11 MESES ENTEROS… ¿quién me manda a mí a encariñarme con los más peligrosos? Los de un par de semanitas. Los que más me van a doler. Mejor puntería que la mía no hay.

Justo a los que me dije: Ni los mires. Caminá rápido. Alejate. Como si estuvieran cubiertos por sustancia radioactiva. No vaya a ser que en un descuido los empieces a querer.

El día que llegué, mi compañera de cuarto tenía los ojos rojos de despedir una amiga. Me dijo que esto era como un eterno funeral. Tenía razón y no.

Tenía razón, porque un poco mueren para mí cuando se suben al bendito taxi. Cuando los recuerdo, hablo de ellos en pasado. Porque una página se da vuelta, mi vida sigue y ellos no aparecen en el cuadro. Yo tampoco pertenezco más a su vida. Cambiarán y crecerán. No estaré ahí para verlo. Alessia a los 18 años me es familiar pero Alessia a los 25 me será una completa extraña. Lo que atesoro en realidad, es sólo un pequeño retazo de su historia.

Nueva York me dejó muchas lecciones. Esa fue una: lo rica y hermosa que es cada persona, de una manera que nadie más lo es. Es tan fascinante que me eriza la piel. Valió la pena conocerlas. Permitirme quererlas y al mismo tiempo, dejarme domesticar.

Porque por otro lado mi compañera de cuarto no tuvo razón. No fue un eterno funeral. Fue volver a nacer una y otra vez. Sobreviví a todo lo que creí iba a matarme. Más que eso, me reinventé a partir de las cenizas. Porque de cada quien tomé algo. Algo que me dejó, que me demostró, que me marcó. No renunciaría a ninguno.

Si pudiera volver a elegir, no caminaría más rápido para alejarme. No les daría vuelta la cara. No ignoraría el saludo. No lloraría una lágrima menos. Vuelvo a la Argentina con el pecho machucado, amasado, dolorido. Como si me hubieran asaltado. Pero qué rica soy… llevo personas maravillosas guardadas en el alma.  Ese fue el precio y lo pagaría de nuevo.

Porque sentirlos los hizo reales. Los hizo míos.

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