pido unicornios

Ojalá te indigne que le deseen ser violado en una correccional a un pibe cheto que atropelló borracho a alguien tanto como cuando se lo desean a la que se manifiesta en tetas.

Ojalá te indigne que basureen creencias y pensamientos ajenos y también que haya pibas que no reciben educación sexual y mueren desangradas en la villa.

Ojalá que te agarres la cabeza cuando difunden la información del chico que terminó matando a otro afuera de Burguer King aunque no vaya a un colegio conocido.

Ojalá te indignes tanto cuando linchan socialmente a alguien con ideas parecidas a las tuyas como cuando amenazan de muerte a Pepena, la de la performance de la Virgen.

Ojalá te indigne ver que patean sin parar a un choro en el piso tanto como que hagan mierda por redes sociales a un amigo, que se mandó la cagada más grande.

Ojalá te indignen tanto los pies descalzos de los nenes en el semáforo como el “hay que matarlos a todos”, la baja de imputabilidad y la pena de muerte.

Si tu indignación es selectiva entonces no es moral, es ideología.

Nos leo debatir en grupos de WhatsApp, agarrarse de los pelos en Twitter y veo como salen todas esas preguntas a flote.

¿Qué es castigar? ¿Sirve? ¿Hay cosas imperdonables? ¿Cuáles? ¿Según quién? ¿Sirve de algo el odio? ¿De dónde sale? ¿Cuál es la línea que divide justicia de venganza? ¿Existe el perdón?

¿Hay gente que no se merece que me ponga en su lugar? Gente arruinada para siempre, que no merezca compasión de nadie.

(¿la gente se arruina?)

Nos leo y quiero gritar. O quedarme callada hasta pasado mañana. Quiero cancelar el mundo y las redes sociales y también invitarlos a todos a merendar a mi casa y que charlemos en serio.

Quiero escucharte.

A veces siento que Twitter es un jardín de infantes. Todos chiquilines gritando, tirándonos cosas, apuntando con el dedo. No queremos aprender, queremos tener razón. El otro tiene la culpa, es cínico e incoherente. No queremos entender. Queremos ganar.

Y yo no quiero competir. No quiero ganar nada. Me cansé. Me duele el “ellos y nosotros”. Quiero charlar en serio. Quiero que vengan todos, tinchos, braians, abortistas, k, macristas, hippies, pascua joven, feministas y darles un abrazo súper fuerte que diga: te juro que te entiendo. O que trato. Aunque vos no me entiendas a mí.

Nunca vi a nadie cambiar de opinión vía discusión cibernética, ¿vos sí? Hay demasiado público como para que no gane el ego. No le grités que no te escucha. Sólo vi cabezas abrazando ideas nuevas de a poquito, en una conversación real. Cara a cara, a corazón abierto.

¿Tan seguro estás de que el incoherente es siempre el otro?

Es más fácil tirar piedras que salir a conocer realidades.

Ya sé, pido unicornios.

Pido que la empatía gane siempre.

Cuando me toca de cerca, cuando me toca de lejos, cuando no me toca.

Entender sin justificar. Porque no hay paz sin justicia, pero la justicia nunca debe ser venganza.

Pido que sean personas todo el tiempo, todos los que no se parecen a mí.

No me da la cara para tirarte piedras.

¿Puedo negarle la compasión a alguien?

¿Alguien es sólo lo peor que hizo?

¿O es mucho más?

Ya sé, pido unicornios.

Pido que dejemos de vivir tan separados.

Tengo entrenado el optimismo, pero ayer fue uno de esos días. Esos días en que estoy consciente “de más”, que siento todo. Ayer fue uno de esos días en que me duele el mundo. Que miro mi globo terráqueo con un paquete de curitas en la mano y siento que no alcanza. Que no alcanzo.

Me duele el odio. Me duele el mundo.

Me dolés vos.

Ya sé, pido unicornios: que ames. Odiar el delito, amar al delincuente. Porque es tan persona como yo y como vos. Es un desafío. Lo digo sin autoridad moral. Simplemente eso, el amor es exigente. En algún lado leí que odiar es para los flojitos, la gente fuerte ama, ama un montón.

Si lo vieras más de cerca… si conocieras su historia, sus miedos, su cara cuando algo lo emociona, los temas que le rondan por la cabeza, las personas que le importan, sus dudas, lo que más quiere en el mundo.… no podrías odiarlo. Porque vos también tenés pasado, fantasmas y sueños. Miralo bien. No son tan diferentes.

Ya sé, pido unicornios. Pido que me mires más de cerca.

Iara Rivero

morite.

Alguien tuitea hace unos días preguntando si no los ahoga saber que van a morir porque a ella sí. Recibe muchísimas respuestas. Con buena intención y en tono alentador.

El jueves me escapé de la facultad para bancar un amigo en un velorio.

Mi hermano ve pasar una chica que se acaba de recibir en la caja de una camioneta. El desastre, la pintura, los bocinazos. Del otro lado de la avenida pasa, en el mismo momento, una carroza fúnebre.

Voy a una charla de historia y filosofía en la que, entre otras cosas, hablamos de la muerte.

No lo sabemos pero mientras estamos ahí en el teatro, en otro lado, un tal Matías (que no conozco), deja de respirar.

La noche siguiente en una juntada conozco un chico que me cuenta que a veces tiene tanto tanto miedo de morirse que la idea le quita el aire. Que pasa horas con ese peso en el pecho. Mirando el techo, dando vueltas en la cama, sin poder dormir.

Hoy me despierto y tengo mensajes de una amiga. Quiere que escriba algo sobre apreciar la vida. Me ofrece oreos a cambio.

Alguien en mi TL tuitea: “Estoy enamorada del mundo, me siento demasiado bien, no sé dónde meter tanta energía”. Nadie responde. Lógico.

Prendo la computadora y abro un archivo de Word. Es domingo.

Se me agolpan los pensamientos. Pelean por salir, por ser letras, porque los escriba primero. Estoy buscando cómo unirlos, qué hilo seguir para que esto tenga sentido. Sabiendo que no lo va a tener. Escribir sobre el final del hilo lleva implícita la falta de respuestas.

Por un momento me sorprende que el tema se haya instalado así en mi semana. De manera casi omnipresente. Pero no. Siempre está. Lo maquillamos, lo omitimos, le ponemos otros nombres. Es el tabú más viejo de la historia. Nace con nosotros. Nos pusimos de acuerdo como método de supervivencia. Escribimos grandes historias, teorías, canciones sobre la palabra eme. Pero nadie dice nada hasta que le toca de cerca. ¿O vos pasás un mate en una merienda y preguntas qué opinan sobre morirse? Y sin embargo, caminás, estudiás, comés, te enamorás con la certeza rotunda de que te vas a morir.

Y nadie quiere. Ni siquiera los que creen en el cielo o algún más allá. No quieren morir para llegar ahí. Y entonces, ¿qué hacemos? Qué se yo, mentir(nos). Hacer como que no sabemos. Ver tele, ir a trabajar, seguir la moda, tener hijos como si no fuéramos a morir. Y que a nadie se le ocurra decir lo contrario. En Twitter, por ejemplo. Contar públicamente que esta certeza te ahoga tiene como reacción millones de consejos, citas de libros, frases cliché que con la mejor onda del mundo te animan a abrazar la vida. Mirá que somos raros. Cómo nos pica que otro diga así, tan campante, algo que no nos atrevemos ni a pensar. Amá la vida, dicen y es imperativo. No pienses en cosas oscuras, no las sientas, no las nombres. Mejor hacé como todos y jugá a que la muerte no existe. A que el tiempo no es limitado y existir no es absurdo.

Es domingo. Alguien inventó el término dominguicidio. Será que cuando  tenemos tiempo libre nuestra cabeza vuela más hacia estos temas. Aunque lo que hagamos y dejemos de hacer, de lunes a domingo, a todas horas trate de contestar una sola cuestión. Qué hilo seguir para que esto tenga sentido.

Releo lo que escribí y me trabo. El cursor parpadea en esa media carilla en blanco. Sé lo que viene en este punto. Pinté un panorama muy lúgubre y ahora corresponde el remate consolador. Ahora viene el punto central de un libro de autoayuda, la luz, el abracadabra. La metáfora perfecta sobre lo hermosa que es la vida. Pero no la tengo. No tengo nada. Todos los remedios contra la angustia existencial me parecen ya inventados y el cursor sigue titilando.

El viernes en la charla, Darío (el filósofo) preguntó si en serio pensábamos que íbamos a seguir muriendo. De acá a 5 mil años, por ejemplo, la tecnología va a hacer que nadie tenga que morir, opinó. Ni mañana, ni en 300 años, pero algún día. “Y también, estoy seguro, en ese momento vamos a dejar de ser humanos”. Silencio. El teatro entero reacomodando sus ideas.

¿Será? ¿Estamos camino a aniquilar algo que nos define? ¿Y si no muriéramos más? Hace milenios que existimos buscando un remedio a la angustia. Porque no sólo sabés que te vas a morir sino que estás vivo y no tenés idea por qué. Queremos remedios, recetas, abracadabras. Los inventamos todos a las patadas, por pura necesidad. Los probamos todos con urgencia. ¿Pero y si ya lo supieras?

Si tuvieras LA respuesta, con mayúsculas, ¿la querrías?

La muerte es la pregunta máxima. De ella salen todas las demás. Imaginarte inmortal es imaginarte resuelto.

Imaginate estar vivo y saber por qué.

Imaginate nunca morir.

Imaginate sin preguntas.

Y si no hay nada que descubrir, ¿caminás? ¿Adónde? Y si no hay nada a qué aspirar, ¿tenés historias para contar? Lo inmortal no sueña. No siente pasión. No lo necesita.

Lo inmortal no es libre. No tiene la opción de ser otra cosa que correcto. Completo.

Y después estamos nosotros. Bendito milagro.

“Ser inmortal me mataría” -pienso de repente- “ojalá me muera”

Ojalá te mueras. Ojalá busques como loco y te crees un sentido, aunque sea a patadas. Ojalá nunca entiendas todo. Y te asombre la risa de un bebé y cómo cambia la luz del sol cuando se filtra por las hojas de un árbol. Ojalá sufras. Ojalá sientas hundirte. Ojalá sientas. Tanto que te quite el aire, como si fueras a explotar. Y que explotes. Ojalá explotes, muchas veces todos los días. Como si estuvieras en un laberinto o una montaña rusa. Ojalá respires hondo. Lento. Muy consciente del oxígeno llegando a tus pulmones. Sólo porque podés. Ojalá un día no respires más.

Ojalá te mueras. Te lo deseo con todo el corazón.

Para mi amigo de Hufflepuff

Ir los dos en el auto cantando un tema de los Beatles mientras te leo un chiste de Harry Potter que acabo de encontrar en twitter, me parece una linda postal o algo así de nosotros siendo. Son como esos mini ratitos en que parece que nos parecemos. Como que en ese momento no me acuerdo que la mitad del tiempo uno de los dos quiere matar al otro.

Me desespera que no modules, que no digas lo que pensás, que no se entienda lo que decís. Me desespera tu indecisión, que te de tan igual algunas cosas, que muchas veces haya que empujarte para que te muevas. Que seas fría y calculadoramente racional cuando lo que se necesitaba en el contexto era una respuesta empática o un sinsentido.

A vos te desespera que mi time line sea un lío porque sigo “demasiada” gente (cómo se puede seguir demasiada gente, es twitter, por favor), que mi cuarto explote de ropa y polvo y cosas, que mi biblioteca no esté organizada por género y autor. Que sea demasiado emocional, que grite, que llore, que tome de más. Y entras a mi cuarto y ves mi vida y te querés arrancar los ojos y yo me río y te saco rápido antes de que pretendas empezar a ordenar algo.

Nos llevamos muy bien para ser dos personas que en realidad no se bancan.

Y acá voy a volver a escribir algo que recién borré por obvio, pero acabo de decidir que no es tan obvio: me encanta que seamos amigos.

Creo que por un año o dos (teníamos… ¿qué? ¿14, 15?) todas nuestras charlas, sin falta, empezaron con un: “Y… ¿qué estás leyendo?” Que, como el tiempo ha podido probar, no es para nada una mala forma de comenzar. Vale para conversaciones y amistades.

Otra cosa que quería aprovechar para decir es que (a pesar de mi bullying constante hacia tu persona) no te creas que no sé. No te creas que no sé que sos un vago súper inteligente y con el triple de cultura general que yo. No te creas que no sé que aunque a veces no los sepas expresar o no los quieras compartir, llevas mil mundos adentro. Mundos de una riqueza increíble.

No te creas que no sé por qué tocas bajito la guitarra en público pero si estás sólo en un cuarto se te escucha cantar hasta el patio. La soledad tiene que ser motor cuando se carga con tanto universo adentro. Lo aprendí de verte escaparte del grupo en medio de un Raco para estar un rato con vos y tu alma. Porque a puertas cerradas sos invencible.

No te creas que no sé que así, callado y tranquilo, nunca te dejas de ocupar de las personas que te importan.

Cuando se trata de querer, hacés más que hablar. Y eso está perfecto. No conozco a nadie que te gane en ser leal a tus amigos. El mundo necesita mucho gente como vos, que sencillamente esté al pie del cañón. Sin armar alboroto. Sin pedir nada a cambio. No te creas que no lo valoramos.

El otro día una amiga me preguntó cómo hacía para salir viviendo tan lejos. Ella también vive lejos, le da miedo subirse a un taxi pero le embola joder a sus papás. Me costó un segundo entender la pregunta. Le conté de vos. Claro, qué pelotuda. No todos tienen un Pato. Mirá que tener un amigo varón que viva cerca, tenga auto y le dé igual no tomar. Mirá que tener un amigo que te guarde el celular y las llaves, te busque y te deje en tu casa. Un amigo que te abra la puerta cuando vas tambaleando y no encontrás la cerradura. Alguien que siempre se asegure de que llegues sana y salva. Claro, qué pelotuda. A veces me olvido que no es normal. Que sólo a mi me tocan estos amigos que son la combinación bendita entre chófer y angelito de la guarda.

Después de escribir lo anterior me imaginé la boludez más grande pero vos dejame que tengo sueño. No lo anterior del chófer sino lo anterior de lo anterior. Lo de que el mundo necesita gente como vos. Bueno, imaginate un mundo lleno de Patos. HECHO POR Patos.  (repito que deliro del sueño y tengo que terminar esta carta así que vos hace un esfuerzo por ver la intención detrás del ejemplo pedorro)

Qué decía? Ah sí sí lo del mundo. Ponele que hubiera habido un evento apocalíptico, el que más te guste, una batalla mágica tremenda o un asteroide. Por alguna coyuntura particular totalmente razonable e históricamente propicia sólo sobreviven magos de Hufflepuff. Digo históricamente propicia porque si tengo que elegir quien levante la humanidad de las cenizas, por favor que sean los de Hufflepuff. Te imaginás? si los que empezaran el mundo de cero fueran pacientes, trabajadores, honestos… Si pensaran más en colaborar que en competir y  valoraran a sus amigos por sobre todas las cosas… Capaz que esa vez hasta nos sale bien.

Si alguien tiene que empezar la humanidad desde cero, por favor que sean como vos.

Ya sé que el test dice que sos Gryffindor y no tengo nada en contra de los Gryffindor, pero el test no lleva tres años sentándose en el banco de atrás y yendo a merendar a tu casa. Así que mejor creeme a mí y comprate un pin, una bufanda o algo de tu casa verdadera y llevalo con mucho orgullo. Me niego rotundamente a que “es buen pibe” sea un cumplido de consuelo. Como si cualquiera se animara a ir a contramano en este montón de mierda.

Porque hay que tener huevos para mantenerse firme en un mundo que se empeña en torcer todo. En convencerte de que para que te tomen en serio y conseguir lo que querés, hay que ser un poco forro. Te vas a vivir cruzando gente que confunda bueno con boludo, convencida de que es más viva que vos o tiene las cosas más claras. Y no. Creeme que no.

Mandame siempre siempre vídeos, notas, links de cosas raras e interesantes, aunque te clave el visto, porque a veces estoy aburrida y busco en nuestra conversación y encuentro un montón y me entretengo (aunque después me olvide de decirte que las vi).

Prometo por los siglos de los siglos tratar de llevarme bien con tus novias y también decirte qué opino de verdad. Vos hacé lo mismo.

En realidad, ahora que lo escribo, creo que importa muy poco que nos llevemos mal. Demasiado tarde. Porque ya es eso de ser familia. Y también es eso de que cuando uno crece necesita cada vez más a las personas que saben quién eras a los 16 años. Voy a necesitar que estés ahí para recordármelo.

Un abrazo transoceánico hermano

 

 
P.D.: me acabo de dar cuenta que yo estoy re emocionada escribiendo esto y vos me vas a contestar un renglón con suerte porque ser Pato. Me estoy preparando psicológicamente para no odiarte cuando pase.

P.P.D.: espero que esto compense una quinta parte de la nafta que te debo

¿Cómo se te ocurre ser persona?

¿Saben que nació un sobrinito? Y a ustedes qué les importa pero. El papá juega al rugby y un tío comenta en el grupo de la familia: “Salió lindo y pintón el chango…..desastre va a hacer con las nenas de hockey .. Jajaja”

En algún lugar hay un bebé con horas de vida al que ya le pronosticaron hacerse todas las minas de hockey. Eran así, pienso. Así de dulces eran todos los vagos que hoy dan asco cuando hablan de mujeres. Mujeres, minitas, nenas de hockey. Que a veces no tienen nombre (porque cómo te vas a acordar el nombre de todas) pero número sí. 32 en Bariloche, dicen orgullosos. Porque cómo no van a estar orgullosos de que con un chape furioso y un manoseo apurado, una minita anónima les reafirme un poquito la masculinidad.

Y pensar que eran así. Tan chiquitos. Que respiraban con tanta paz.

Miro al bebé. Ya usa ropita azul. Qué horror si llegaba a ser otro color. Lo miro y no quiero. No quiero que le de vergüenza abrazar a sus amigos varones, decirle que están lindos. Lindos. No facheros. No quiero que a los 6 años le hagan guardarse un llanto porque mirá que sos marica, no? No quiero que le de vergüenza decir que algo le da miedo, que no puede, que necesita un abrazo. Porque mirá que sos puto, no? No quiero que le de vergüenza no tener ganas de cogerse a alguien. Porque cómo no te vas a hacer esa minita, si está regalada. ¿Cómo se te va a ocurrir que podés querer elegir?

¿Cómo se te va a ocurrir que sos persona (además de varón)?

Toda nuestra idea de masculinidad configurada por un miedo. Miedo a que te llamen, a que te piensen, a que te sientas… puto. 

Facu duerme. No sabe. No se imagina la cantidad de etiquetas y consignas a cumplir que le esperan por tener pito. Por nacer varón. No tiene idea de la carga gigante que se esconde detrás de la ropita azul.

“Facundo” si es varón, “Paula” si es mujer, habían dicho los papás. Paula tendría ropita rosa, pienso.

Me imagino a Paula durmiendo. A ella no le hubieran traído al sanatorio una pelota, sino un peluche o una muñeca. Paula tampoco sabe. Es tan chiquita. Cómo va a saber que le van a regalar cocinitas y bebotes en vez de juegos de química. Duerme tranquila. No se imagina lo fuerte que le va a latir el corazón cada vez que vuelva sola a su casa de noche. Que le van a tocar el culo en su primera fiesta. Y le van a decir que es normal. Es tan chiquita, mirala. Todavía no le desespera ser flaca. Todavía no hubo revista ni programa de televisión que le diga que a las feas no las quiere nadie. No sabe que va a ayudar a levantar la mesa los domingos mientras sus primos varones siguen sentados.   

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¿Y qué habría comentado mi tío? ¿“Salió linda la nena, desastre va a hacer con los nenes de rugby”? No, de ninguna manera. Quizá que los nenes de rugby se van a pelear por ella. Pero ella nunca jamás salir a buscarlos. Mirá si sale puta la nena. Porque hay nenas bien y nenas mal. Las nenas mal son putas. La que le comenta la foto sobre lo buenísimo que está, la que lo invita a salir, la que tiene ganas de chapar. Qué puta. Y medí con regla los centímetros de piel a mostrar para que no piensen que “te lo estás buscando”. 

Pienso a Paula durmiendo y no quiero. No quiero que le de vergüenza hacer deportes. No quiero que le digan machona por correr más rápido. O mandona por saber ser líder. No quiero que le digan cómo tiene que vestirse y hablar para merecer respeto. O que ingeniería “no es una carrera para mujeres”. No quiero que le de vergüenza pedir el aumento que se merece. No quiero que le de vergüenza tener ganas de coger con alguien. Porque mirá que sos regalada, ¿no? No te respetás. ¿Cómo se te ocurre que podés querer elegir? 

¿Cómo se te va a ocurrir que sos persona (además de mujer)?

Toda nuestra idea de femineidad configurada por un miedo. Miedo a que te llamen, a que te piensen, a que te sientas… puta. 

Porque todos saben que a las putas les pasan cosas malas. Porque se lo merecen. 

Paula duerme. No sabe. No se imagina la cantidad de etiquetas y consignas a cumplir que le esperan por no tener pito. Por nacer mujer. No tiene idea de la carga gigante que se esconde detrás de la ropita rosa.

Y mientras ellos duermen, yo pienso. Que quizá y sólo quizá, los Facundos del mundo no necesitarían tocar culos en fiestas o gritar guasadas en la calle… Quizá no necesitarían competir, coger por deporte, coleccionar minitas como trofeos… si no tuvieran tanto miedo de sentirse y que los vean putos. 

Ya sé que me van a decir. Que el hombre es así, que las hormonas, que no somos iguales. Y es verdad. Yo sé que existe la testosterona. Pero también sé que existen los tíos que ya le anuncian a un bebé hacer desastre con las nenas de hockey. El otro día leí un tuit que decía: “Ya no sé si tengo ganas de coger todo el tiempo o si me educaron para creer que tengo que tener ganas de coger todo el tiempo.” Deberíamos preguntarnos más… ¿dónde termina lo biológico y empieza lo cultural?

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Porque el mito del machito hipererotizado incapaz de controlar sus impulsos nos hace daño. A vos y a mí. A Paula y a Facundo. Y del otro lado del espejo se encuentra el mito de la damisela inmaculada en peligro. 

Quizá y sólo quizá si el hombre no se percibiera a sí mismo como un animalito que no controla su deseo, si no viera al cuerpo femenino descubierto como una consigna obligatoria… la mujer podría (al fin) elegir cómo vestirse. Porque no tendría miedo. Ya sé que me van a decir. La modestia es una virtud femenina, ¿no? 

Madre de Paula diciendo: Una señorita no se viste así. 

Pero la modestia impuesta, ¿también es virtud? Porque si Paula con 34 grados tiene que parar a pensar si puede salir con short sin que le griten o la sigan, ¿de qué manera eso la hace más femenina? ¿A eso le llamamos amor a la intimidad, la pureza y el decoro? Que se tape la que quiera, porque quiere. No por miedo a la violencia. Que se muestre la que quiera, porque quiere. Porque así lo elige libremente. Porque la cantidad de ropa no da ni quita derechos. No es consentimiento, no es permiso.

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Porque la cantidad de ropa no es (aunque así parezca) un mandato obligatorio para Facundo. “Si ve piel, toque aquí.” Como si no pudiera elegir. (Ja! mirá que sos puto, no?) Como si fuera más machito hormonal que persona. 

Me los imagino durmiendo y pienso. Quizá y sólo quizá más Paulas en el mundo podrían tomar la iniciativa, mandar un mensaje, invitar a salir… Quizá podrían ponerse en pedo tranquilas (y! qué esperaba que pase?), decir malas palabras (qué feo que queda), pedir un ascenso en el trabajo (qué habrá hecho para conseguirlo?)… si no tuvieran tanto miedo de sentirse y que las vean putas. Casi como si pudieran elegir. Como si fueran más persona que princesita delicada en apuros. Casi como si fueran libres. 

Pero no, todos sabemos que no. Que si Facu se anima a llorar y Paula se anima a mandarle un mensaje al chico lindo del boliche, tendríamos un mundo lleno de putos y putas y eso no puede pasar. No podemos permitir que él se reconozca un ser humano con sentimientos y ella un ser humano con poder de decisión. Qué locura. Qué horror ese mundo feminista. 

Mirá si encima lo hacen juntos. Si se desatan de a dos, si comparten autitos y muñecas, invitan y son invitados, eligen cuándo y con quién coger. Mirá si construyen juntos un mundo donde no haya más damiselas inmaculadas ni machitos animalitos. Donde haya un montón de personas libres, de esas que no entran en cajitas.

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Facu y Paula están durmiendo. Mirá si nos apuramos. Mirá si rompemos de a poquito los miedos y las etiquetas, hasta que un día los bebés usen ropa de cualquier color.

Sh!

Rápido, que ya se despiertan. Mirá si nos apuramos. 

Mirá si los desatamos a tiempo.

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(existo cuando me nombrás)

Mi nombre podría ser Alexis, José o Jonathan. Poco importa. Podría llamarme, por ejemplo, Braian. Daría igual. Yo mismo no me enteré cómo me llamaba hasta que tuve 6 años.

Vos ves una caja y ves… cartón. Yo veo paredes para mi casa. Puedo empezar por ahí, ¿o es muy melodramático?

Si esto fuera un juego de tablero, vos empezaste en la línea de salida y yo en el lugar -52. Tus dados dicen: 4, 5, 6, 7, 8 y 9. Los míos: 1, 1, 1, -1, -5, 0. No partimos del mismo punto, no avanzamos igual. No es tu culpa, ni la mía. Nadie elige donde nacer.

Para que tus amigos no piensen que sos un maricón a los 13 probaste el cigarrillo, yo robé por primera vez. Por no decepcionar a tu papá, te anotaste en abogacía. Yo aprendí a usar un arma por la misma razón. Vos aprobabas todo en diciembre y te llevabas una que otra previa, porque qué vagancia las obligaciones. Con la misma lógica dejé la secundaria. Si yo doy todo de mí, si hago todo bien, si trabajo como loco y tengo muchísima suerte, quizá puedo terminar un terciario. Vos hacer el posgrado en Europa.

No empecés a bostezar. No vengo a contarte mi vida. Ya sé que estás pensando. En ese caso que salió hace poco de la que ganó la medalla de oro y nació pobre. Estás pensando que el que quiere, puede. Que todo es cuestión de esfuerzo. Que eso no justifica salir a matar o a robar.

En eso último tenés razón. No me justifiques. Nunca me justifiques. No te pido eso. Pero entendé. Entender no es justificar. Ni siquiera te pido que me entiendas a mí. Sino que sepas y tengas claro que soy un producto más y vos también. Productos de un sistema que es un montón de mierda decorada con brillantina. Un sistema que necesita que haya muchos, muchos pobres, tanto como una clase media para que exista una clase alta.

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Porque yo te puedo robar un celular. Uno, dos, tres. Pero hay otros, para los que el sueldo de tu vida entera es apenas un vuelto. Hay otros que controlan cadenas de supermercados, industrias multinacionales, bancos, países. En esos no pensás. De ellos no se habla. Claro que no, no conviene. Un famoso multimillonario solía decir que si la gente entendiera el sistema, habría una revolución mañana por la mañana.

En ellos no pensás. Es natural. A mí me quieren pobre y a vos, ignorante. Les sale bien, porque igual no tenés ganas de saber cómo funciona el tablero que diseñaron ellos y donde sos una fichita más.

Yo te puedo robar un celular. Uno, dos, tres. Ellos te roban horas de tu vida dedicadas al trabajo que usas para comprar cosas que no necesitás pero te hicieron creer que sí. Porque la publicidad lo dice. Porque ellos las producen y alguien tiene que comprarlas. En ningún período de la historia humana se compró tanto como en este. Ellos te roban horas de vida en cuotas sin interés. Pero igual no querés saber cómo funciona este juego. Estás cómodo así.

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¿Y a mí? Como no me necesitan, me matan. Hay muchas formas de matar. Una bala es de las menos comunes. También pueden negarte la educación de calidad y con eso, la posibilidad de un trabajo digno. Quitarte el pan de la boca al crecer y con eso, impedir que te desarrolles como deberías. Pueden ignorar tus derechos. Cerrarte oportunidades de un portazo. Etiquetarte y condenarte desde antes de nacer. Pueden robarte la dignidad y las ganas de vivir. Hay muchas formas de matar.

Es difícil pensar con miedo. Aprender con hambre. Trabajar sin esperanza. En Argentina hay una tercera generación de pobres. Es decir que hoy nuestros pobres tienen padres que ya eran pobres y abuelos que nacieron y murieron siendo pobres. No es tan fácil creer así, como si fuera algo obvio, eso que vos repetís como hecho probado, que trabajando voy a salir de esta.

Porque el capitalismo es como una gran fiesta donde todos son invitados. Pero lo que no te dicen es que son pocos a los que los invitan a comer y somos muchos a los que nos invitan a mirar. ¿Eso no es violento?

Vivir en un mundo y en un sistema que no está hecho para vos. Que está hecho para que siempre quedes fuera. Para que nunca haya en la mesa una silla con tu nombre. Te echan los patovicas en los boliches por portación de cara. Te revisan el bolso las patronas en las casas a las que vas a limpiar. Se cruzan de vereda cuando te ven por la calle. Las casas levantan paredones altos y ponen rejas en las ventanas. Se construyen cada vez más countrys privados. Más barrios de cristal, donde sólo haya casas lindas y autos lindos y gente linda. Más burbujas donde jugar a que no existo. Más paredes destinadas a esconderme. A volverme invisible.

Vivir es fácil con los ojos cerrados, cantó alguien una vez.

Y todo esto que está escribiendo la pendejita de yerba buena, como si fuera yo, por licencia literaria, lo sabe ella. Lo sabe ella, yo no. Yo no sé qué es capitalismo. No sé cómo funciona. No entiendo por qué aunque trabaje día y noche nunca jamás en mi puta vida me va a sobrar lo bastante para comprar un celular. El celular, las zapatillas de marca, el auto, el plasma. Todas esas cosas bonitas y brillantes. La felicidad que la publicidad me prometió. Felicidad que no es para mí. Que nunca es para mí. Porque en este mundo, haber nacido Braian, pobre y morocho, es nunca ser suficiente.

Soy desecho del sistema y no lo sé. Pero lo siento.

¿Qué te pasa? Molesta, te pone incómodo. Es normal. Cuando eras chico tus papás subían las ventanillas cuando alguien venía a limpiar el parabrisas. Te dijeron que a esa gente no le abras la puerta. Hoy escuchás una moto y se te hiela la sangre. Acelerás el paso, pensás qué llevas encima y si alguien te va a escuchar gritar. Es normal. Si ya te robaron tantas veces. Pero que algo sea entendible no significa que esté bueno. Entender no es justificar. 

Nos definimos mucho por lo que no somos. Te definís mucho por no ser el Braian, no salir a bailar a los mismos lugares, tomar Coca Cola y no Manaos. Por no ser un vago como el Braian, que es pobre porque quiere. Porque se lo merece. En cambio vos, venís de una familia que se rompe el lomo laburando, a vos nadie te regaló nada.

Cuando viene alguien o algo a querer rompernos los prejuicios pasa eso. Nos ponemos a la defensiva porque están tocando algo delicado. Tenemos la identidad hecha a base de prejuicios. Nos definimos mucho por lo que no somos.

Te molesta porque esto tiene que ver con vos. Porque si, a pesar de lo que te dijeron, Braian no es pobre “porque quiere”… Si resulta que el esfuerzo solo no alcanza… Si Braian también tiene miedo, rencor y desconfianza… Si Braian en realidad se parece mucho a vos, sólo que nació 15 cuadras más allá… ¿entonces quién sos?

Romper prejuicios siempre nos pone en conflicto. Por eso los cobardes nunca cambian de opinión.

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Che, todo ese odio es tuyo?

“Ellos son una amenaza.

Son inferiores.

Son un peligro.

No son como nosotros.”

No sé tanto de historia. Pero algo me dice que las cámaras de gas fueron posibles por gente que pensaba muy parecido. Cuando dos grupos se enfrentan es muy importante que los otros sean subhombres. Animales, extraños, salvajes. Que no sean como yo. Porque sólo entonces es posible, incluso aceptable, cometer contra ellos lo que nunca harías con miembros de tu mismo grupo: linchamiento, tortura, muerte, reducción a la esclavitud, genocidio, “limpieza étnica”.

Cuando asumimos con normalidad que la vida de alguien no vale lo bastante para defenderla… todo puede pasar. Las creencias siempre van antes que las acciones.  Eso Hitler lo entendía muy bien.

Qué negro choto, comenta alguien cualquiera, un día cualquiera en una conversación cualquiera. Y sigue con su vida. Su vida que incluye agua caliente y comida en la heladera.

Qué negro de mierda, decimos como si nada.

Y un día cualquiera, en algún lugar cualquiera, una persona se encuentra agonizando debajo de un auto y un grupo enloquecido le grita al conductor: MATALO, MATALO!!!!

Un día cualquiera, en un lugar cualquiera, un grupo de personas enloquecidas de bronca y de rencor, de miedo y de venganza, patean en el piso a una persona moribunda. Que termina de morir a golpes.

Pero de ese detalle no hablamos tanto. No fue tema de debates acalorados en bares y confiterías, no se discutió en todos los programas de televisión, no apareció una figura pública en algún medio masivo preguntando… ¿Qué nos pasa? ¿Qué mierda nos pasa? ¿Qué carajos nos está pasando para que –en la circunstancia que sea- una persona esté muriendo y nuestro impulso no sea llamar una ambulancia… sino patearla y filmar?

¿No nos duele ver eso? ¿No nos asusta? ¿Esto no es importante?

¿De dónde sale tanto veneno?

Y, más importante, ¿qué vamos a hacer con él?

La violencia es la ley de la calle. No me vas a sacar de acá con más de lo mismo. Hace falta otra fórmula. Paredes hay demasiadas, construyamos puentes. Transformá mis barrios, mis cárceles y mis escuelas. Llenalas de luz y de color, de música y de vida. Decime que hay opciones. Mostrame un horizonte. Dame alguna esperanza.

Pero para que eso sea posible… haceme persona cuando me mires. Yo no me enteré cómo me llamaba hasta que tuve 6 y me mandaron a la escuela. En mi casa no me llamaban por mi nombre. Éramos demasiados hermanos. Demasiada mugre, demasiados gritos. Haceme persona. Lo necesito. Que no te sorprenda que me comporte como basura si me mirás con asco. Que no te sorprenda que actúe como un animalito si me trataron como uno todos los putos días de mi vida. ¿Cómo se supone que voy a tener un plan, un proyecto, unas mínimas ganas de salir adelante si sé que soy una lacra? Si nunca nadie esperó nada de mí.

Haceme persona cuando me mires. Cuando te quiera limpiar el vidrio, venderte en el colectivo, pedirte algo afuera de una Iglesia. No me des solo unas monedas para sentirte mejor. Mirame. No corras la cara, la puta madre. Mirame. Enterate de que existo. Preguntame cómo me llamo, dónde vivo, cómo estoy, si trabajo o voy a la escuela. Haceme persona. Existo cuando me mirás.

Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, diez personas, los diez opulentos más opulentos del planeta, tienen una riqueza equivalente al valor de la producción total de cincuenta países, y cuatrocientos cuarenta y siete multimillonarios suman una fortuna mayor que el ingreso anual de la mitad de la humanidad.
En Argentina hay una tercera generación de pobres.
En el 2016, hubo un juicio por asesinato por legítima defensa cada semana.

Parecen tres hechos inconexos. Tres datos que nada tienen que ver uno con el otro. Pero no es cierto. El sistema, esta mierda con brillantina, necesita para funcionar ignorantes bien ignorantes y pobres bien pobres.

Necesita rencor, miedo, ganas de venganza. De los dos lados. Es más fuerte mientras más lejos estemos. Necesita nuestra distancia. Necesita que elijas ser pared y no puente. Se alimenta del egoísmo, de la indiferencia, del no querer saber, del no querer moverse. De tu comodidad.

Es que es mucho más fácil decir “qué negro de mierda” y cerrar los ojos.

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Nota de la autora: este texto también podría titularse “Humilde ejercicio de empatía”. Sé que el tema es infinitamente complejo, que no es lo único ni lo mejor que se puede decir al respecto. Sé que no está escrito desde todos los ángulos y opciones posibles. Pero también creo que si pudiera hacerlo, si pudiera realmente escribir de esto con toda la extensión y profundidad que merece (además de que sería mínimo un libro o dos), sería porque tengo la respuesta al dilema de la naturaleza humana y el origen de la pobreza en el mundo. Está más que claro que no es el caso.

Escribir de las cosas que ya entiendo, me aburre. Así que escribo para intentar explicarme las que no entiendo.

Tengo un blog donde escribo de mis cosas. Lo cuelgo en twitter y se los paso a mis amigos. Esto nunca pretendió llegar tan lejos. Estos días fueron una locura. Desde gente que me dice que le cambié la cabeza hasta gente que me dice que soy una estúpida y no entiendo cómo funciona el mundo. Me encantaría contestar todos los comentarios. Miento. Lo que me encantaría en realidad es charlar de verdad, mate de por medio. Pero ya que las posibilidades de que eso ocurra son nulas, sintetizo aquí:

A los que todavía piensan que hay que matar al que mata o al que roba: no tengo nada que contestarle. Mi respuesta a eso fue/es el texto entero. Soy, sencillamente, leal a mis ideas. Tanto como ustedes a las suyas.

A los que hicieron una especie de “click” al leer esto: mi admiración más profunda. Cuestionarnos, aprender, crecer y cambiar implica humildad y coraje.

A los que se sintieron agredidos o atacados, los que creen que detrás de este texto hay un discurso de odio a los que más tienen: lamento mucho que así sea. La intención no podría estar más lejos. Reconozco que soy chocante cuando escribo (en persona también) pero, ¿de ahí al odio? Hay tantas interpretaciones como lectores. Cada uno toma el texto como quiere y como puede. Está bueno analizar por qué uno reacciona como reacciona. La mayoría lo leyó como lo que es: un llamado a ser conscientes de nuestra indiferencia, a salir de la zona de confort. ¿Por qué a vos te molestó o te hizo sentir culpable que te remuevan un prejuicio? Para pensar.

A los que dicen que esta historia se puede contar de dos lados, que estoy siendo parcial, desmereciendo lo que tres generaciones consiguieron con su trabajo: no pretendí ser imparcial. Al principio del texto encaré un personaje y conté una versión de la historia. La de los que no tienen voz, la que no escuchamos seguido. Quise hacer un contradiscurso a los prejuicios con los que yo también crecí. Yo también voy a la universidad gracias a que tres generaciones de trabajadores me allanaron el camino. Decir que el pobre no eligió ser pobre y que me necesita, no es desmerecer eso.

A los que están de acuerdo pero dicen que fueron buenos con “esa gente” y los decepcionaron, que ser solidarios no evita que les roben o que por esto no dejan de tener miedo cuando salen: es normal. “Esperar que la vida te trate bien por ser buena persona es como esperar que un tigre no te coma por ser vegetariano.” El otro día volví sola a mi casa de noche y me largué a llorar del miedo que tenía. No vivo en un mundo de fantasía. Dije que había que amar, no dije que iba a ser fácil. Odiar el delito, amar al delincuente. Porque es tan persona como yo y como vos. Es un desafío. Lo digo sin autoridad moral. Simplemente eso, el amor es exigente. En algún lado leí que odiar es para los flojitos, la gente fuerte ama, ama un montón.

A los que están de acuerdo pero piensan que el sistema igual no va a cambiar, esa es una actitud frente a la vida amigo. Personalmente, me mantengo firme en la postura de que la realidad es transformable. Que soy agente de cambio. Ilusa juventud, dirán algunos. No me importa. El mundo necesita más inconformistas activos. No hay recetas mágicas. Cada quien descubre la suya. Creo que mi fórmula ideal sería:
1) Creer en la gente. En su potencial, en lo que pueden llegar a ser
2) Hablar de lo que no se habla
3) MOVERSE, INVOLUCRARSE
4) Y empezar a dar amor

Por último, gracias. Un gracias tan enorme que no me alcanzan las letras. Gracias por leer, por compartirlo. Las ganas de abrazarlos que tengo no se las puedo explicar. A mí, la mal llamada “justicia por mano propia”, me duele. Me duele acá, en el centro del pecho. Personas pateando a alguien herido en el piso. Es una imagen muy fuerte, que deja huellas en el colectivo social. Si mis palabras hicieron que alguien se cuestione qué nos está pasando, con eso soy más que feliz.

Qué locura linda pensar que alguien después de leerme pensó dos veces antes de decir “qué negro de mierda”, que alguien sintió la necesidad de anotarse en una ONG, que en una mesa familiar de domingo se habló de esto. Se habló de los invisibles. Se los nombró. Existieron por un rato.

Y esa no fui yo. Lo viralizaron ustedes. Fue la misma gente la que se sintió tocada y lo compartió incansablemente por grupos de whatsapp y Facebook.

La realidad no te gusta pero está. Si querés, tapate los ojos. Va a seguir ahí. Queda en vos, ¿qué vas a hacer?

¿Vas a ser puente o vas a ser pared?

Para la niña de 20 años

¿Te acordás que antes no éramos amigas? Parece una tontera, ¿pero te acordás? Aparecés en las fotos de mi 15. Reuniones de acción. Mismo taller de teatro. Pero no éramos amigas. La cantidad de veces que nos debemos haber saludado así nomás, rápido, como se saluda cuando queda bien saludar.

Y un día la juntada era en mi casa y yo les dije que la que no tenga como volverse se quede a dormir, porque me niego a que alguien no salga por una boludez como esa. Se iba a quedar Justi también pero la buscaron o algo así. El resto se terminó de ir como a las 6.30. Nosotras juntamos un montón de comida y nos fuimos a mi cuarto a dormir un rato porque a las 9 tenías que estar en la parroquia. Nunca llegaste a la parroquia. Tampoco dormimos.

No sé bien cómo pasó. Creo que viste algún libro mío tirado por ahí y empezamos con que cronopios y que Latinoamérica y que soñar y caminar porque el capitalismo y Harry Potter y que dibujar boas abiertas y cerradas y que quién sos vos y qué estábamos haciendo que pasamos tantos años sin ser amigas. Hablamos por horas. No llegabas a la parroquia igual, así que no fuiste. Y en ese acelere de encontrar a alguien en la misma sintonía nos contamos cosas que sólo se cuentan de madrugada.

Por un año o más fuiste de esas amigas que no ves a menos que llames. Pero eso estaba muy bien. Ya que la vida no nos cruzaba sin querer, nos cruzábamos nosotras queriendo. No importaba mucho si pasaban 3 semanas o 10. Un mensaje era suficiente. Me acuerdo de uno que me dio mucha gracia. “Iari, cuando nos vemos? Siento que te tengo en blanco y necesito ponerte color.”

Quería decirte, por si no sabías, que me encanta escucharte contar algo. Lo juro. Vos empezás y mentalmente ya saqué pochoclos. Tenés la capacidad de volver una gran anécdota hasta la circunstancia más simple. No me importa si la decorás. Quizá tiene que ver con que las dos valoramos ante todo una buena historia. Que compartimos una manera muy narrativa de movernos por el mundo. Yo creo que todos estamos hechos de nuestras historias pero también de cómo elegimos contarlas. Vos las contás con humor y eso habla mucho de vos.

Me encanta que siempre pienses que sí. Que sí llegamos, que sí vamos a poder, que sí. Me encanta tu entusiasmo. Cagate de risa pero yo me cruzo con vos en el bondi 20 minutos y el efecto ceci-amor-por-la-vida me dura un par de horas. Llego, saludo a mi familia y me preguntan qué me pasa.

Me encanta tener a alguien a quien decirle “Sabés de que estoy tratando de escribir? De por qué crecer es divertido” y que entienda exactamente qué quiero decir. Supongo también que es eso. Fue eso desde el primer día, cuando desayunamos en un colchón en el piso de mi cuarto. Hay muchas cosas que para las dos están ahí, transparentes, claritas como el cristal. Mucho que no necesita explicarse. Podría darle un nombre pomposo como “concepción de la vida” pero prefiero que siga sin nombre porque estoy segura de que (ahora también) sabés a qué me refiero.

Una especie de código en común. Y tener esas contraseñas nos permite arrastrarnos, provocarnos, empujarnos un poquito más allá. Porque sabemos que la otra tiene más para dar. Es esa conexión linda de cuando estás en la cama elástica y la otra persona está ubicada en el lugar justo para hacerte rebotar y llegar más alto.

Yo sé que ahora nos vemos hasta en la sopa. Porque al fin nos tocó compartir elenco, cursamos una materia juntas y por cosas de la vida, nos rodeó un grupo hermoso de personitas en común. Pero también se me ocurrió que capaz que después no tanto. Que cabe la posibilidad de que en otro momento, nos toque volver a eso de no coincidir en nada. Así que quería decirte ahora, ya que cumplís años y me haces escribir esto, que si la vida no nos cruza sin querer, nos crucemos nosotras queriendo. No importa que pasen meses, si algún día no sabes nada de mí, llamame rápido.

Si algún día alguien tira torpemente un vaso gigante de agua encima de los apuntes la noche antes de rendir y te acordás de mí y los esquemas llenos de emoticones.

Si un día alguien nombra Buenos Aires y de golpe te acordás de nosotros y la feria, y el subte que casi te traga y de casi perder el avión por pararnos a comprar tizas gigantes de colores.

Si un día suena Perotá Chingó y te acordás de mí, y de Raco, y de todos tirados en el pasto buscando formas en las nubes y Agus que nos lee algo en voz alta y Pato que toca la guitarra y Gonzalo que dice Nigga dejá de joder. Y Nigga que hace un puchero y salimos todos a consolarla.

Si un día ves una lámpara o un cactus o un sanguche y se te ocurre una analogía entre este objeto inanimado y el sentido de nuestra existencia y mirás a tu alrededor, buscando a alguien a quien contarle y no hay nadie que le interese, y te acordás de mí. Y de que hace mucho no sabés nada de mí.

Ese día por favor llamame. No importa cuántos meses llevamos sin vernos. Llamame y decime que necesitas colorearme. Seguro que me andas haciendo falta y todavía no me di cuenta.

Seguro que me falta la niña de 20 años que sabe ser azul, verde y transparente al mismo tiempo. Que nació para creer que sí. Que puede agarrarme las manos y saltar conmigo en la cama elástica, girando, cayéndonos, riendo y volviéndonos a levantar. Rebotando al ritmo justo para que las dos lleguemos a la luna.

Seguí haciéndome crecer, Ceci. Que siempre nos queden viajes imaginarios pendientes, Raco esperándonos, misterios por descubrir y mundos que cambiar.

Te quiero y te admiro nivel sos mi desafío favorito.

Que los cumplas muy feliz.

La chocolatada que te falta

El mantel de plástico te tapa la vista. Te hacés un bollito contra una de las patas de la mesa. Que no me encuentren, pensás. No quiero que me encuentren. Pero ahí vienen. Se escuchan pasos. Van a entrar. Te van a llevar. No quiero. No quiero que me hagan hacer eso otra vez. Te traicionás soltando un pequeño sollozo. Te escucharon. Terminó todo.

Ella o él, esta tía o padre o madre o abuelo, se agacha, levanta el mantel y te descubre debajo de la mesa. Qué hace ahí el cumpleañero, te estábamos buscando, es hora de la torta. Y te arrastran o te alzan, te sientan en una silla alta y te rodean. Alguien apaga las luces. Alguien prende las velitas. Alguien saca una cámara de fotos. Nadie ve tu angustia. Esto era lo que no querías. Te aturden. Gritan, cantan, aplauden y el ritual no va a parar hasta que… hasta que soples las estúpidas velitas.

Termina la canción. Juntas aire y soplás. No querías. Yo sé que no querías. Pero, ¿qué ibas a hacer sino? Te tenían rodeado. Te iban a forzar a crecer a toda costa.

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Qué poco nos dura la ilusión de que crecer es lo mejor que nos puede pasar. Poco a poco, nos vamos haciendo la idea de que “ser grande” es la línea de llegada donde termina todo lo divertido.

Ser grande es estar atado a una corbata que amenaza con ahogarte. Papeles, responsabilidades. Una oficina de 2×2, un escritorio rebalsando de trabajo. Teléfonos que suenan. Un jefe que te putea. Llegar a tu casa y que te reclamen lo que no hiciste o podrías hacer mejor. Ser grande suena a migraña, biorelajantes, pastillas para dormir. Suena a estrés, cansancio y aburrimiento mortal. Sobre todo eso último. Resignarse. Ser grande suena a que todo lo bueno y lo emocionante queda pospuesto. Para cuando ahorre y los chicos vayan al colegio, o a la universidad, o vivan solos. Para cuando me jubile. Para después.

Y claro, cuando lo ves así, ser joven se convierte en un mandato imperioso. Emborracharme hasta perder la conciencia es prácticamente una obligación. Chapar por deporte. Hacerles coro en todo a mis amigos. No importa si implica ser un cagón o lastimar a otros. Probar cualquier cosa. Lo que sea que me haga sentir algo. Ya. Ahora. Rápido. Hagamos todo lo posible para no llegar a grandes.

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Se te pasa la vida así. Escondido debajo de la mesa. Te da terror que siempre haya más velitas que soplar. El tic tac de las agujas del reloj. La multitud que canta, aplaude y saca fotos y no te deja respirar. Y el qué vas a hacer, que ya te falta poco para egresarte, que cómo va esa carrera, que la novia donde está, que si ya encontraste laburo y para cuándo se agranda la familia.

“Madurar”
“Crecer”
“Futuro”

Suenan como malas palabras, ¿no?

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Mi mamá siempre me preguntaba si sabía qué significaban las malas palabras que decía. ¿Vos sabés?

Cuando decís “madurar”, ¿en qué pensás?

¿Quién es más inmaduro? ¿El que ya está en la secundaria y sigue jugando en el recreo o el que no se hace cargo de sus decisiones? ¿El que caza Pokemons o el que subestima a los que no piensan como él?

Capaz que son ideas mías, pero me parece más maduro el que va despreocupado cantando solo por la calle porque sí, porque puede, que el que se aguanta las ganas pero tararea en su mente mientras señala con el dedo y comenta por lo bajo: “Miralo. Pobre, qué ridículo.”

Y si a mí me gusta volar volantines, pero vos en vez de escuchar, sólo esperas tu turno para hablar… ¿cuál de los dos es más chiquilín?

Podés usar corbata y portafolio, pero si todavía no te diste cuenta que el chiste deja de ser chiste cuando al otro le duele, te falta tomar mucha chocolatada. Podés dejar la pilladita y las hamacas pero no te consideraría maduro si no te la jugás por lo que decís que te importa.

Cuando decís “crecer”, ¿a qué te suena?

También la busqué en el diccionario. Adiviná. Resulta que no tiene nada que ver con los centímetros de altura o la cantidad de velitas en la torta. Resulta que era otra cosa.

Crecer era apostar por mí. Querer ser mi mejor versión. La más auténtica, la más sana, la que me hace feliz. Crecer era quererme y cuidarme. Trabajar en pulir mis defectos para que no sean una carga para las personas que quiero. Explotar mis virtudes para regalarlas a los demás.

¿Eso es lo que nos da tanto miedo? ¿No será que nos daba miedo lo opuesto? Estancarnos. Amoldarnos. Resignarnos. Miedo da no tener aspiraciones. Haberte conformado. La gente conforme no vuela.

Confieso que durante mucho tiempo pensé que a los grandes les pasaba eso. Yo también pensaba que crecer era como irse apagando despacito. Ahora no. Ahora pienso que los grandes que no me gustan, los grises, los amargados… son los que decidieron no crecer. Porque crecer es justamente apuntar alto, querer ser mejor, querer más. Porque siempre hay más. Porque por suerte nos falta tanto por caminar.

Y cuando pensás en el “futuro”… ¿se te da vuelta el estómago?

¿Por qué? ¿Qué te hizo de malo el futuro? Si lo elegís vos. No tiene por qué ser así. No tiene por qué ser migraña y biorelajantes. No tenés que terminar en una oficina a menos que eso quieras. El futuro no se hace solo. Lo estás haciendo vos, ahora, ya. Con cada decisión que tomás.

Tu futuro son los hábitos que te estás haciendo sin darte cuenta. Las metas que te ponés, y lo que haces (y dejas de hacer) por alcanzarlas. Las personas con las que te rodeás y cómo te ayudan (o no) a crecer. Tu futuro se puede leer clarito en el orden de tu lista de prioridades. Si no sabés cómo es, fíjate cómo distribuís las horas de tu semana. ¿Cuánto tiempo hay para estresarte y cuánto para reírte? ¿Cuánto tiempo hay para las pantallas y cuánto para las personas? ¿Cuánto tiempo hay para quejarse y cuánto para moverse?

Porque tenemos la idea absurda de que el calendario nos transforma por ósmosis. Nos encanta pensar que se puede dejar el futuro para después. Como si un día nos fuéramos a levantar convertidos en todo lo que queremos ser. Comprometidos, alegres, generosos, humildes, sinceros. Pero no es así. No vas a ser de repente otra persona cuando decidas ir a la universidad, o vivir solo, o casarte, o trabajar o tener hijos, o lo que sea que te atraiga como proyecto de vida. Vas a ser exactamente la misma persona que ahora, en la versión que trabajes por ser.

Así que maduráAprendé de lo que no entendés. Respetá al que no te bancas. Tragate el orgullo y pedí perdón. Elegí lo que te hace bien. El otro no es adivino, explicate. No busques a quien culpar. Sé cursi cuando haga falta. No tengas vergüenza de hacer esas tonteras de chiquitos que se disfrutan.  Sé más persona y menos personaje. Sé vos. No por nada las frutas maduras son más dulces.

Así que crecéQue es aventura y desafío. Crecé, que el agua estancada se pudre. Trabajá en lo que te cuesta. Tenés tanto para dar. No lo guardes. El mundo te necesita en tu mejor versión. Dale, crecé. Renovate, empezá de nuevo. Llenate de personas que te den ganas de superarte. Es más divertido de a dos.

Adueñate de tu futuro. Diseñalo vos. ¿Qué querés? Es tuyo, dale. Animate a soñarlo. A tenerlo tan claro y tan propio que la avalancha de “qué vas hacer, y la novia, y el laburo y los hijos para cuándo”, no te provoque un ataque de pánico. Hacete cargo. Paso a paso, que todo va a salir bien. Disfrutalo. Si es tan lindo construir. Y vas a ver cómo la presión va desapareciendo.

Que madurar te suene a crecer, que crecer te suene a futuro y que futuro te suene a proyecto y no a condena.

Una vez leí que madurar era volver a encontrar esa seriedad con la que jugábamos de chicos. No tenés que ser estrés y pastillas para dormir. No tenés que pasártela abrazado a la pata de la mesa, muerto de miedo por lo inevitable. La otra opción es vivir. Vivir de tal forma que el nene que fuiste y el grande que querés ser se reconozcan, se saluden y se abracen.

Así que salí de abajo de la mesa.

Y sigamos jugando.

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