lo intolerable de la intolerancia

Sé que lo querés. Que te enorgullece tu colegio. Se siente en tus letras, en tu indignación. Me parece bien. El sentido de pertenencia es algo muy importante, que toda institución debería fomentar. Pero que eso no te ciegue.

Entiendo que te duela. Es como si hablaran mal de alguien que querés. Entiendo que no te acuerdes. Que no quieras acordarte. El cariño juega en contra a la hora de registrar los defectos. Pero no fue una profesora, no fue una vez, es sistemático. El colegio es homofóbico. Siempre lo fue.

Capaz que estando ahí no te resulta para tanto. Qué exagerados. Capaz que te acostumbraste. Pero parece que otros no. Que a otros les dolió y todavía les duele que les hayan enseñado durante tantos años que su amigo, tía, primo, vecino homosexual era un enfermo. Porque uno no “tiene gay”, es gay. Es parte de su identidad, de lo que te hace ser vos. Imaginate un segundo tener 13 años y que te digan en la cara “vas en contra de la naturaleza”.

Dicen que el audio está cortado. En el de 5 minutos, que también circula, se menciona la misericordia. Y menos mal. Porque eso sí es un pilar cristiano. Pero, ¿realmente una cosa quita la otra? Si te hubieran dicho “sos un enfermo, vas en contra de la naturaleza, pero tranqui Dios te perdona por eso”… ¿eso lo arreglaba todo? Me parece que no.

Dicen también que fue grabado con malas intenciones. Bueno, supongo que eso es una postura frente al ser humano. Yo no creo, por ejemplo, que los que postean defendiendo al colegio lo hagan con mala intención, justificando la homofobia. Creo que sinceramente se sienten dolidos. Así como tampoco creo que se grabara con mala intención. Creo que atrás de eso también puede haber personas dolidas. Me gustan los adolescentes. Confío en ellos. Por eso estudio lo que estudio. Me parece mucho más sano dar el beneficio de la duda y aprovechar la oportunidad para hacer un autoexamen. Pensar qué no se les está dando a los chicos, qué pasó para que les nazca hacer lo que hicieron.

¿Qué hace que adolescentes graben y se expresen en las redes sociales? ¿Cómo estamos puertas adentro con el diálogo y el debate? Algunos dirán que sí, que lo hay. Yo solo quiero decir desde mi experiencia que dos monólogos no dan como resultado un debate. Que cada uno diga su opinión no significa que estemos dialogando. Tampoco es diálogo decir “acá las cosas son así”. Si alumnos intentan plantear otras miradas y cualquier docente o autoridad solo repite como disco rayado un discurso, eso no cuenta como debate.

Dicen que es un colegio religioso, que al que no le gusta puede irse. Justamente! Es un colegio religioso. ¿No vino Jesús y les dijo a los fariseos que dejen de darle tanta bolilla a sus leyes arcaicas y empiecen a amar? La postura de la Iglesia frente a la homosexualidad no es un dogma de fe. Puede debatirse, puede llegar a cambiar. Sobre todo si se toma como guía el mandamiento principal: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Los colegios religiosos son los primeros que deberían generar atracción y no rechazo.

Entiendo que te duela. Sentir el colegio que querés en boca de todos. Pero es que no fue una vez, no es una profesora, es un problema institucional. Yo también estaba ahí. La homosexualidad nunca fue planteada como algo aceptable. Egresados y alumnos cuentan de charlas en las que la compararon con el cáncer. Fotocopias que explicaban cómo curarla. Actos escolares donde se rompió al frente de primaria y secundaria un afiche de la campaña del VIH donde dos chicos se daban un beso. Otras materias, otros profesores, otros textos y clases donde se dio el mismo mensaje: es algo anormal e inaceptable.

No demonizo a las personas. No es mi estilo. Tampoco quiero demonizar la institución. Creo que hay muy buenas personas. Que te enseñan lo que creen que es mejor para vos. Erran de buena fe. Pero negar que es una institución homofóbica sería faltar a la verdad. Y la homofobia no es una opinión más. Es discriminación. Por eso no se puede permitir. Por eso hay leyes que te protegen frente a eso.

Capaz que para vos no pesa tanto. Pero es real. Hace daño. Duele.

Homofobia es que “puto” sea insulto. Que un nene muera de miedo de que le parezca lindo otro nene. Que tus papás se enteren y dejen de hablarte. Que haya campos de concentración para homosexuales en Rusia. Que te hagan bullying por “afeminado”. Que se te alejen amigos porque creen que es contagioso. Que tengas que verte con la persona que te gusta a escondidas. Que tengas que irte de la provincia para decirlo. Para expresarte. Para ser vos.

Homofobia es tener 13 años y que en clase te digan en la cara “hay algo mal en vos”. Sos un error. Una falla. Un enfermo.

Hoy me dijeron: “si alguien era gay y se sentía mal, podía irse. Nadie debería quedarse donde se sienta incómodo.” Me gusta pensar que es al revés. Los lugares no deberían ser incómodos para nadie.

Te dolió que se hable mal del colegio que querés. Es válido. Pero por favor, no te olvides de todos los homosexuales que les dolió crecer en un colegio como el Pablo Apóstol.

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Venecia

Día 25 de 88

Debe ser la estación de colectivos más desolada del universo pero un mozo genio nos abre la cocina del bar, calienta el menú en 5 minutos, nos envuelve queso, pan y bombones para llevar y nos tira buenas vibras para siempre.

Llegamos.

Vaporetto se llama lo que hay que tomar. Qué palabra linda. Parece que toda la ciudad debería llamarse así. Cubierta de niebla, parece un espejismo que va a desvanecerse de un momento a otro, un delirio de marineros. Pau ya me había avisado que esto estaba lleno de fantasmas.

El mar como una masa negra. La luz de los faroles que se difumina como vapor. Una sombra que cruza un puente. Fantasmas, te digo. Y el monstruo que controla el vaporetto, escuchá como ruge.

Bienvenidas a Venecia.

(…)

Día 27 de 88

Aymi me despertó. Ella a mí. Increíble pero cierto. “Salgamos iari, que hay sol.”

Cuando en Venecia sale el sol, es como si pasaran un plumero. Como si a todos los fantasmas los mandaran a dormir. El agua ya no es verde, sino celeste. El cielo también, despejado como un regalo.

Sé que hay 100 museos, iglesias y palacios en el itinerario de cosas que ver del turista promedio, pero encerarse en uno me parecería una ofensa al sol. Qué tontería meterse en un edificio a buscar una reliquia o cuadro que admirar cuando a la misma ciudad no se le puede quitar los ojos de encima.

No hacemos otra cosa que caminar. Sin dirigirnos a ningún lado en particular. Caminamos por horas. ¿Qué tiene Venecia? No termino de responderme. Si a veces hasta parece abandonada. Si se está hundiendo. La pintura descascarada, los ladrillos desnudos, los colores desteñidos. Y así enamora. Como una mujer que es linda recién levantada, con lagañas y entrada en años.

Quiero tatuarme todo en la retina. Es que todo es lindo. Todo. La ropa que cuelga, esa ventana verde abierta, la góndola que pasa por el puente, las gaviotas, las paredes viejas y rotas, los caminos confusos, las calles sin salida. Quiero sacar fotos mentales. Es que en Venecia todos los rincones merecen ser postal.

Google maps no funciona, los mapas de papel no se entienden. No queda otra que perderse y no ofrecemos resistencia. Hay algo emocionante, un pequeño grado de adrenalina al ir avanzando al azar, doblando en la esquina que más te llame. El camino lo dibuja el instinto.

Los disfraces y las máscaras son obras de arte. Debajo se esconden hombres peludos o viejas que quieren ser reinas. Caminan con la actitud altiva de un noble, se sientan a comer, se mezclan en las calles o en el transporte. Parecen tan irreales que te da la necesidad de tocarlos.

Los nenes se disfrazan de lo que les pinta. Piratas, superhéroes, princesas, animales. Familias en pijamas gigantes. Una bebé frutilla. Un hada que baila al ritmo de la murga. Otro muy serio que toma helado sentado en su monopatín.

Hay tanta tantísima gente que para sentarnos en algún lado tomamos el Vaporetto número 2 y recorremos sin querer el atardecer por el canal grande. Es de esos momentos. Paz y belleza. Nada más existe. Es de esos momentos que pensás: “se viaja por instantes como este”. Por esto todo vale la pena. Rozar un poquito lo perfecto.

Venecia es un dardo a lo más íntimo. Te atraviesa sin escalas y sin permiso.

(…)

Día 29 de 88

No entiendo en qué punto te acostumbras a que la rutina sea así. La antirutina. No sé. Hoy extraño todo. Algún día voy a extrañar estar cansada y que mi único pendiente sea llevar la bitácora.

Ya escribí que Venecia tiene forma de pez? Buscar qué significa Venecia.

Hoy en el Palacio Ducale pensaba sobre dejarse enseñar. Con mi hermana estamos paradas al lado y no vemos lo mismo. En un salón lleno de armas medievales yo pondero si eso era más o menos violento que la violencia de ahora. Quizá cagarse a piñas fuera más limpio que una colonización cultural, generar guerras para enriquecerse con el tráfico de armas, manipulación de monopolios a gobiernos. Quizá las espadas fueran al menos sinceras. La crudeza del hierro me hace pensar en la hipocresía posmoderna.

Aymi en cambio está viendo los objetos como mundos. Los materiales, su proceso de fabricación, su nivel de estética y practicidad. Esto es hierro forjado, dice. 30 kilos debe pesar. El techo estoy casi segura que es madera con pintura dorada. Mirá ahí arriba se quemó, ese no es el patrón original de la tela.

Y es divertido mirar con sus ojos.

¿Qué mirarán mis amigos cuando estamos en el mismo cuarto?

No existe alejarte de la plaza central a buscar comida y volver. Científicamente comprobado. Las calles se cruzan, te enriedan, quieren marearte a propósito. En Venecia es mucho más fácil encontrar algo sin querer que queriendo. En Venecia hay que fluir y dejar que las cosas te encuentren. Toda resistencia es tiempo perdido.

Mejor almuerzo del viaje hasta ahora: el gran canal, wrap de falafel, sol y las patitas colgando del muelle. Las gaviotas y nosotras. Alguna góndola que pasa. Venecia entera sonríe porque es carnaval y lunes. Porque hay sol y los fantasmas duermen mientras los nenes en toda la isla tiran al aire papel picado. No conozco Venecia con el piso limpio.

(…)

Día 30 de 88

Primer mes desde que me fui de mi casa. Último día en Venecia. Cuántas locuras juntas.

Creo que poquito a poquito fui subiendo mi nivel de sensibilidad, casi que estoy exagerando con la capacidad de asombro. Me pasa que ya no sé si las cosas son lindas o tengo la emoción fácil, ¿es posible que hasta la ropa colgando de los balcones me resulte poética? Todo me emociona, me enternece, me parece admirable. Si le señalara a Aymi cada cosita que me llama la atención, creería que estoy loca.

Ayer la paré donde estaba y le describí lo que veíamos. Mirá la plaza. Los nenes que corren, el papel picado en el piso, los disfraces, el escenario, las palomas volando encima de la cabeza de la gente, los turistas que acosan personajes, el cielo, la música.

Me mira raro y dice: sí, veo. No necesito que me lo relates. Ahí me doy cuenta que la que necesita relatarlo soy yo. Me paso el día entero intentando narrar cómo me hace sentir lo que veo.

Hoy supuestamente íbamos a ir a un palacio que ayer llegamos 5 minutos después del cierre. No abrían los martes. Cuestión que el palacio nos odia pero en el camino de vuelta nos encontramos con una exposición gratuita. Dice algo de la NASA. No entendemos bien pero tampoco tenemos nada que perder.

La exposición empieza con esta quote: «No sé lo que pensará el mundo de mí, pero no he sido más que un niño que juega en la orilla del mar y se divierte de tanto en tanto encontrando una piedra más pulida o un caracol más hermoso de lo común, mientras que el inmenso océano de la verdad se extiende inexplorado frente a mí» Newton

Trabajaban artistas y astrónomos en conjunto. Un astrónomo se juntaba con el artista y le mostraba una foto de algo en particular. Una galaxia, una súpernova, un agujero negro, lo que sea. Y charlaban. El científico le explicaba qué era y cómo funcionaba. Mirá esta parte de arriba brilla de tal color porque se están gestando estrellas, en cambio más acá es rojo por la cantidad de hidrógeno y esto que parece humo en realidad es blablabla

El artista interpretaba a su manera lo que había visto y aprendido. Lo pasaba por sí mismo, por su filtro, sus vivencias. Y después lo reinterpretaba en forma de arte.

Entonces en cada cuarto vos tenías:

  • La foto que había servido de inspiración, gigaaaaante a veces la pared entera y en altísima definición
  • Un folleto con una mini explicación de lo que estabas viendo. Esto es tal en tal lugar es importante por esto tiene tal particularidad componentes tales
  • Lo que el artista había creado. Pintura, esculturas, arte conceptual, telas, lo que sea.
  • Y una quote en la pared. Una frase de un famoso, un fragmento de un poema. Relacionado, obvio.

Era muy emocionante no sé

Y se conecta con lo que estaba pensando ayer: dejarse enseñar

“La ciencia no es más que la investigación de un milagro inexplicable, y el arte, la interpretación de ese milagro.” Bradbury

“La cosa más bella que podemos experimentar es lo misterioso. Es la fuente de toda verdad, toda ciencia y todo arte.” Einstein

(…)

Caminé toda la tarde como acariciándola con los ojos. Qué locura querer e irse. Qué cosa asquerosa las despedidas. En Venecia toda la vida me parecería demasiado corta. Quería repasar cada rinconcito un poco más. La gasté de tanto mirarla. El dardo se retorcía en mi pecho. Y estaba bien. Así debe ser. Cómo se me ocurre querer tan rápido.

Te quiero tanto que duele Venecia.

Hasta los locales cerraban como señal para irnos. Terminó el carnaval y terminó todo.

Pero antes, los fantasmas me quisieron saludar. Se cerró el cielo. Todo cambió de color. Parece otra ciudad y es que despertaron los fantasmas. De golpe, las esquinas pintorescas resultan macabras. A mi no me engañó igual. El cielo estuvo así el primer día. Se insinúan sombras en todos lados, crujen los puentes y hasta las palomas parecen poco amigables. Se respira distinto.

Me siento afuera en el vaporetto.

Quiero ver.

Por qué duele tanto querer.

Barcelona

Día 1 de 88

Aeropuerto de Tucumán. “Cuidala a tu hermana que es medio atolondrada” le dijo mi mamá al oído a Aymi, depositando en ella el sentido común de este viaje. Nada nuevo.

(…)

[15/2 16:28] iari rivero 👣: Como que esta es mi ciudad. Ya le dije a mi mamá que un día voy a vivir en Barcelona. “Ah estás decidida” decía y se reía. “Decidida”. No, pensé. No siento que lo haya decidido yo. No se lo dije para no asustarla. Algún día. No sé cómo ni cuándo. Pero lo sé con la sencillez que se acepta lo inevitable.

[15/2 19:36] Cecii: No sabes las ganas de conocer Barcelona, después de todo voy a hacer mi especialización allá

[15/2 20:22] iari rivero 👣: Oh por dios cual es tu especialización donde nos mudamos ya estoy eligiendo barrio querés ser mi compañera de piso?

[15/2 20:24] Cecii: Siiiiii te amo

Día 12 de 88

Se durmió (otra vez). El tour sale ya así que no desayunamos. Nuestro grupo está lleno de argentinos. Cuando me convidan mate siento patria en la garganta.

La historia de Barcelona explica muchas cosas. Explica qué olí, por qué me gusta. Son nacionalistas, apasionados, claros en sus convicciones. Son contestatarios, artistas y anarquistas. ¿Y cómo no iba a ser así si les prohibieron su cultura tres veces? Pensar que llegué y dije qué hinchapelotas, mirá que hablar catalán. No puedo leer nada. Ahora me dio orgullo por ellos.

Se nos une un grupo de primos argentinos. Julián, Lucas y Luciana. Y ya que estamos, vamos juntos. De camino al museo de Picasso pasamos por la plaza central donde están festejando no sé qué pero está lleno de nenes jugando con papel picado y burbujeros gigantes. La risa me dura para el resto del día.

Doy vueltas en el museo pensando que me divierte que Picasso aprenda para desaprender. Los nenes prodigios deben ser muy solitarios pero imaginate encima crecer con la presión de ese padre. Así que hizo de todo. Entró a la academia a los 13, perfeccionó técnicas clásicas hasta hartarse, abandonó las clases, se metió a copiar en museos, hizo amigos, viajó, se enfermó, recibió influencias. Aprendió a pintar como los grandes para terminar pintando como un nene. Colores llamativos, trazos fuertes y ojos al revés. No es que no sabía pintar de otra forma. No quería. Hasta cerámica probó. Se cansó de jugar. Pasó meses analizando, deconstruyendo y reversionando el cuadro de Las Meninas de Velazquez hasta dejarlo irreconocible. En su semana de descanso de ese proyecto se puso a pintar LAS PALOMAS DE SU BALCÓN. Ah, es insoportable, pensé. Pará un poco. Después pensé que quizá no podía. Hay llamados que son así, imperativos.

Como yo no podía dejar de mirar a los nenes de jardín que seguían a su guía en el museo. Tratar de escuchar cómo les explicaban a ellos Piccaso, qué opinaban.

Quizá tenía miedo de dejar de pintar. Quizá eso lo mantenía de este lado del abismo. Le dediqué un guiño cómplice de quien sabe lo demandante de las vocaciones.

En el mercado de la Boquería manda el que grita más fuerte, el de colores más brillantes, el que mejor huele. El lugar es un desastre de lo más divertido. Hierve de gente olfateando, relamiéndose, comiendo con los ojos o con las manos. El coco puede comerse con cáscara si está pelado pero deja picando la lengua. Nunca probé un ananá tan rico en mi vida.

(…)

Día 13 de 88

Sacamos turno para las 11.30 pero como ya es costumbre, llegamos tarde. Desayunamos apuradas, tomamos dos subtes y nos dicen que todo bien, que pasemos igual (extraño desayunar tranquilaaaaaaa asdfbinead)

Recorremos Casa Milá con el audioguía. Yo nunca había leído nada sobre Gaudí. No le sabía más que el nombre y todavía así, esa casa me decía que nos entendíamos muy bien. Los espacios, el uso de la luz, los colores. Había algo terrible y naturalmente hermoso en esa casa que quería ser mucho más que una casa. Está jugando, pienso.

No sé qué le pasa a mi hermana hoy pero decido que no tengo ganas de ponerme de mal humor. Barcelona me lo pone fácil. Después de discutir y no almorzar entramos a Casa Batló.

Es increíble. Eso. No me entra en la cabeza. Quiero saber más. ¿Quién sos Gaudí? El mundo es su plastilina. Nos siento hermanos en el tiempo. Esta es mi casa. Es todo lo que querría ser en esa realidad paralela donde soy arquitecta (que me acabo de enterar que existe). Es una casa en el mar, parece fantasía. Pero mirá de cerca. Un poco más de cerca. ¿No te parece que la solución que usó para tal problema es genial por su sencillez? Porque la sabíamos y la olvidamos. Porque está escrita “en el gran libro de la naturaleza”. “Originalidad es volver al origen”, solía decir.

No me quiero ir. No quiero salir pero salgo. Quiero más. Más colores partidos, más sorpresas escondidas, más curvas imposibles, más geometría hermosa. Salgo y le mando mensajes a mis amigos de que estoy enamorada, me volaron la cabeza. Estás emocionada por una casa, loca de mierda.

Si quiere seguir enojada está en su derecho. Qué se yo. Empiezo a pensar que no tiene nada que ver conmigo y la dejo que se vaya. Son las 5 de la tarde y estoy en Barcelona. No pienso volverme al hostel. Encuentro, o mejor dicho, me encuentran unas callecitas muy divertidas. Me resigno y guardo google maps, que igual no anda muy bien. Claro, el barrio gótico es así.

“Ay qué lindo saca muchas fotos!!!11”

Yo sonrío y digo que sí, que obvio. Aunque sepa que no, que nunca saco fotos. No puedo. No me da.

Voy caminando por un barrio que me encanta y me envuelven un montón de cosas. La libertad de los pibes que andan en skate, la ternura de la nena que le tira de la manga a su papá, el contraste de las fachadas de los edificios. Siento la atmósfera que crea el señor tocando su arpa africana, trayendo música de muy lejos y veo cómo (sin querer o queriendo) cuando le pasan por al lado todos bajan la velocidad. Y sigo caminando y me sigue envolviendo este nuevo misterio que hoy se llama Barcelona pero que ayer se llamó Madrid y que mañana va a ser Milán. Las ciudades respiran, te lo puedo jurar. Y si te paras a escuchar, te susurran historias.

Camino y camino con los ojos muy abiertos. Ferias de ropa vintage, galerías de arte clandestinas, tiendas de tatuajes, puentes escondidos, balcones con las sábanas al aire.

Me paro de repente. Qué lindo callejón. Es que es lindo, no sé. Resume muchas cosas que acabo de ver. Y yo te juro que no hay nada más que una callecita muy estrecha que dibuja una curva, una pared grafiteada, un balcón con helechos y el sol perdiéndose donde acaba la vista. Y yo trato. Pero la cámara es muy tonta o mis dedos muy torpes. Debe ser que no sé enfocar y la lente está sucia. Miro el resultado en mi teléfono y vuelvo a mirar el callejón y no. No está. No salió. No importa cuánto intente. Será que no tengo pulso. No es el ángulo correcto, la cantidad de luz apropiada. Me enojo. La borro. No se la muestro a nadie. Y me digo una vez más: ves? Por esto no sacas fotos.

Porque en mi cámara no sale la ternura de la nena y la libertad de los skaters y cómo camina la gente cuando escucha música africana. Quizá hay días demasiado lindos para entrar en una foto.

Día 14 de 88

(…)

Entrar a la Sagrada Familia y abrir la boca es un mismo momento. El guía sigue hablando pero ya no lo escucho. Es… es un árbol. Un bosque. Estoy adentro de un bosque mágico. La luz de colores de las ventanas quiere ser la luz filtrada a través de las hojas. Están las estaciones, los troncos, las ramas, el sol. Él decía que la fachada iba a ser espectacular y el interior muy simple. Puede que tenga razón. Me parte el corazón que no haya llegado a ver nada de esto y lo abrazo a la distancia. Quiero describir más de este lugar, de este momento. Pero no me animo. Sería torpe, estúpido. Me quedé sin palabras. Yo, imagínense.

Sólo puedo decir que la Sagrada Familia me invadió el pecho en forma de canción. Canté bajito, caminando tranquila con los ojos cielo, atravesando mi bosque mágico como si ningún compromiso terrenal pudiera retenerme.

Nota al margen: está terminando el viaje y no, no hay caso. Debo haber entrado a 100 iglesias en cinco países diferentes. No se comparan. No sé si voy a poder volver a entrar a una sin extrañar esta.

(…)

Día 18 de 88

Pienso en Barcelona como una de esas relaciones que van demasiado rápido. A los dos días de llegar veía un cuadro lindo en un local y pensaba en mi departamento imaginario. La despedida no me pega tan fuerte como pensé. Supongo que porque sé que voy a volver. Es inevitable. Tiene algo de bruja y ladrona esa ciudad.

(…)

Para mi compañero de proceso

Ibas a desaprobar, me acuerdo. Y yo a esa profesora la odiaba. Todo en ella era violento. Desde su forma de acomodar el banco hasta cómo dictaba. Lo único que hacía era dictar la hija de mil, no se le escapaba una explicación ni por casualidad. No teníamos relación. Eras más el hermano de Rochi. Pero te escuché decir que te la ibas a llevar a diciembre si no aprobabas este trimestre con no sé cuánto. Me dio tanta bronca que sea mala profesora que me ofrecí a explicarte yo. Fue un impulso.

Caíste a mi casa con Pato. Pato, otro ser desconocido para mí. Me senté en el sillón, abrí la carpeta y pensé que no tenía idea de cómo seguir. Me hice la segura, obvio. Tomé aire y miré de reojo el primer punto. ¿Qué tan difícil puede ser? Es como contar un cuento.

Me puse en papel de narradora y me divertí tanto. Si a mí siempre me gustó contar historias. Además vos eras la mejor audiencia del mundo. Un nene de 6 años atrapado en el cuerpo de un adolescente de 14. Todo te asombraba. Desfilaban los personajes, sus robos, sus crímenes, las guerras. Todo querías saber. Los cuestionábamos, discutíamos qué hubiéramos hecho en su lugar. “No sé si la medida de tal presidente fue justa.” Pero bueno, justa para quién. Y qué es que algo sea justo. Hablábamos por horas. Venían a almorzar y se quedaban hasta la merienda. Si los llegaba a ver mi mamá seguro les ofrecía pedir empanadas y por poco se quedaban a dormir.

Terminando el año, el último punto de la última guía, redondeé el relato con la emoción épica de los finales. “Es entonces cuando por la ley Saenz Peña, el voto pasa a ser universal, secreto y obligatorio. Nunca más voto cantado, ya nadie te podía amenazar para matarte. El voto secreto era una conquista del pueblo. Después de años de convivir con el fraude electoral generalizado, en las elecciones de 1916 pasó lo que tenía que pasar: por primera vez no ganó el partido oficialista… sino la Unión Cívica Radical.”

Cerré la carpeta contenta y te quedaste como esperando.

¿YYYYY?

¿Y qué?

¿Qué pasa después?

Qué se yo, ahí termina la guía. Te cuento el año que viene.

Tu carita de decepción fue muy graciosa. No te la llevaste a diciembre, obvio. Ninguno volvió a sacar menos de 8 con esa profesora. El año había terminado y había comenzado la amistad más nerd de la historia.

Al fin podía hablar de cosas en las que vivía pensando. Cosas que a nadie le interesaban. Podía usar palabras que a los 14 años parecen monstruosas como “sistema capitalista”. Palabras por las que mis amigas de siempre me hubieran mirado raro.

Me acuerdo de una vez que te quedaste congelado en el camino al aula. Había tocado el timbre en medio de un debate intenso, como siempre. Te quedaste quieto, te agarrabas la cabeza. “Gonzalo, hay que entrar. Qué te pasa?” “Es que… entonces… ¿¡el alma no existe?!” Me mirabas tan angustiado que me reí, no pude evitarlo. “No sé Gonzalo, después vemos.” Salió un profesor, nos miró feo y entramos. Después vemos. Si total nos sobraba tiempo para descifrar los misterios de la existencia.

Así funcionaba. Vos te angustiabas y yo me reía. Podía pasar una semana entera y que todos los recreos traten de si existe “la” verdad, qué tan absoluta o relativa puede ser. Era un juego. No terminaba nunca. La verdad, el alma, las utopías, la memoria. Las ideas eran arcilla y nos quedaban sucias las manos de amasarlas. Las hacíamos rebotar y mezclarse. Chocar, girar sobre sí mismas. El arte, la belleza, la justicia, Dios. Hacíamos malabares con ellas. Las abríamos para ver que llevaban adentro. La muerte, el miedo, los defectos, el cerebro. Las tirábamos al aire a ver si volaban, o al agua a ver si flotaban. Las estirábamos hasta romperlas. La esperanza, el cambio, la realidad. Ay, qué ruido hacían cuando se rompían. Qué miedo cuando se nos escapaban de las manos. La perfección, el lenguaje, la libertad. Pero qué divertido buscar el camino de vuelta. Era un constante a ver hasta dónde podemos llegar.

Tres años de secundaria así. En las escaleritas de las abstracciones, inventándonos caminos mentales, empachados de preguntas. Una sola regla: de todo se puede dudar. Aunque para ser sincera, a veces también dudábamos si se podía dudar de todo. Y de qué era “todo”. Y de si existía “dudar”.

Nos hicimos amigos en las ideas.

A la distancia nos doy ternura. Éramos algo así como exploradores. Todo era nuevo y emocionante, como si nadie hubiera incursionado en la selva de la filosofía antes que nosotros. El tesoro escondido era un concepto nuevo. Y esa sensación que tantas veces quisimos describir. La explosión de colores, el balde de agua fría, las cosquillas de sentir tu cabeza abriéndose lentamente a una idea. Sentir que tu mente se expande más allá de lo que conocías hasta ahora y saber que no hay vuelta atrás.

Hace poco salí a tomar una cerveza con Jipi. Es gracioso tener amigos que no conocés. Ya sabíamos que nos llevábamos bien, pero teníamos que presentarnos. Saltábamos de tema en tema pero el trasfondo era el mismo. “Contame quien sos, qué te hizo ser así, cómo terminamos acá”. ¿Me crees si te digo que para contestarle eso en un momento tuve que hablarle de vos y de cómo nos hicimos amigos?

Pasaron cinco años desde esa primera tarde de Historia. Desde hace cinco años que a tu conversación de WhatsApp van a parar todos mis borradores, literarios y mentales. Porque hablar con vos es como hablar conmigo y necesito contarte mis ideas para entenderlas. Desde hace cinco años que estás en marcación rápida, número de emergencia, a quién hablar si estoy sentada en la plaza llorando. Ni siquiera para que vengas, ni siquiera para que me digas algo. A veces necesito contarte cosas para entender qué me pasa.

Pasaron cinco años desde esa primera tarde de Historia. Nunca volví a sentirme sola o poco comprendida. Me está pasando tanto de conocer gente de nuestra edad que saliendo de su ámbito de siempre, sintió que pudo ser quien era. “En la secundaria nunca pude charlar así”, “supongo que quería encajar”, “hay partes de mi que me guardaba”. Y pensar que yo lo único que tenía que hacer para hablar de la finitud de nuestra existencia era dar vuelta la silla. Gracias.

Hubiera sido tan fácil no cruzarnos. En una dimensión paralela te iba bien en las materias, o nunca lo dijiste al frente mío, o pensé en ofrecerte ayuda pero me guardé el comentario. Hubiera sido tan fácil y hubiera cambiado tantas cosas. En esa dimensión paralela donde por segundos, por centímetros, nunca coincidimos, egresaste siendo “el hermano de Rochi”, otro compañero del montón. Y yo egresé siendo… ¿quién? Ni idea. No la yo que conozco, estoy segura. Qué regalo de los astros crecer con alguien en la misma sintonía.

Sé que últimamente nos vemos mucho pero hablamos menos porque, increíblemente, egresar implica que no sigas sentado en el banco de adelante. Todavía así tengo la manía de asumir que sabés lo que pasó en mi semana, como si ya te lo hubiera contado o como si hubieras estado ahí. Y es que estás, yo te juro que estás. No hay forma de no llevarte conmigo.

Me cagué de risa cuando Mariana tuiteó lo de si existen las acciones desinteresadas y contestaste algo muy parecido al audio que yo le había mandado el día anterior. Porque vos no te acordás (nunca te acordás de nada) pero fueron semanas de hablar ese tema hasta el cansancio porque te preocupaba un montón. Y es gracioso, pero tiene tanto sentido que cinco años después hayamos dicho lo mismo.

No hay forma de que en cada conversación filosófica que tenga el resto de mi vida, no tenga un pedacito de vos y no tengas un pedacito de mí. Decime si hay algo más irrompible que eso.

Ni me da miedo que conozcamos miles de otras personas que también les gusta hablar de cosas raras y que se vengan novios y viajes y trabajos y tantas experiencias donde no estamos los dos. Porque ya es demasiado tarde. El otro día salí con Jipi a tomar una cerveza y no pude contarle quién soy sin nombrarte. ¿Entendés lo para siempre que es eso?

Desde hace cinco años tengo a alguien con quien asombrarme del mundo.

Compañero de debates, salidas, aventuras.

Compañero de explorar, de admirar, de jugar.

Compañero de proceso.

Que siempre sea tan natural como contar un cuento y que te parezca emocionante hasta la Ley Saenz Peña.

Que siempre importe lo importante, como nombrar las piedras del río.

Que siempre haya otras preguntas, o las mismas renovadas. Que siempre nos una la duda y poquísimas certezas, como que todo trata de caminar.

Y que camines.

Ese es mi deseo de cumpleaños. Felices 20.

Para la chica de la que hablan las canciones

Conocí una Maru chiquita. Que se escondía detrás de su hermana para pasar desapercibida y le soplaba al oído las ideas que no se animaba a proponer. Eran buenas ideas.

Conocí una Maru que no podía pedir una hamburguesa en McDonald. Que se largó a llorar porque le pidieron que se baje en una peluquería y pregunte cuánto sale el corte.

Conocí una Maru chiquita, que a todos lados llevaba un cuaderno. No se lo muestro a nadie, decías. Pero me dejaste leer. No escribías nada mal. Capaz que por eso me fijé en vos. Había talento, intuiciones acertadas. Pero no, era otra cosa. Había ganas. Había hambre de mundo, curiosidad. Había tanta inteligencia como inseguridad. Tenías alas. De mariposa, quizá. Frágiles, dudosas. Todavía no te las habías visto.

Era demasiado tentador. Si hay algo que no soporto es ver potencial desperdiciado. Tenías tanto para dar. Sólo te hacía falta un empujón. Y Dios sabe que vine al mundo para desatarle a la gente los miedos (leáse: hincharles las pelotas hasta que se animen a ser quienes son).  

Es que tenés que venir a teatro. Tenés. No hay opción. Te hablé de lo increíble que era el grupo, de la confianza, de la libertad, de que ahí no existía la vergüenza. Vamos, te pinté un reino. Todo esto puede ser tuyo Maru, just hold my hand. Vas a estar conmigo. No tenés que actuar el primer día si no querés. No tenés que entrar sola. No te van a mirar. Te espero en Grido y vamos caminando juntas.

Te esperé un lunes, dos, tres. Te chamuyé, insistí, puteé. Tus excusas eran malísimas. A mí no me mientas, Maru. Tenés miedo, está bien. Pero te juro que vale la pena. Una vez te subiste al auto y DISTE LA VUELTA. Hasta que viniste. No puedo medir lo que fue para vos entrar. Que te hagan presentarte. Pasar a actuar. Pero sobreviviste, ¿no?

Todo ese año fue a pasos chiquitos. Vos no sabés cómo me hacía cosquillas en el alma ver lo natural que eras cuando actuabas, lo eficiente que eras como asistente,  lo audaz en las críticas, que hagas amistades, que te jodan los chicos. Un día me enteraba que por miedo te habías quedado sentada en tu cama, disfrazada de Coco Chanel, en vez de venir a la juntada. Antes de que te putee, me dijiste vos sola “ya sé, nunca más”.  Fuiste tomando confianza de a sorbitos. Obvio que te amaron. Obvio que caíste bien. Porque sos dulce, graciosa y le ponés corazón a todo lo que hacés. A fin de año eras una más, o mejor dicho, eras la reina de las burbujas.

Estuve ahí para verte ponerte en pedo y escuchar tus primeros “no sé qué pasó anoche” y “no tomo más”. Estuve ahí para verte cuestionarte con cada texto mío, con cada conversación y punto de vista diferente. Perderte y encontrarte en un laberinto de ideas. Definirte y quererte. Enfrentarte a tus papás. Discutir con profesores y compañeros defendiendo a negros, gays y feministas.

Me acuerdo de una vuelta que me relatabas acelerada y llena de bronca tu indignación diaria, esta vez en clase de geografía. Hablaban de la ONU y el profesor explicando una ceremonia particular dijo algo como “y bueno, básicamente es la vez al año que se reúnen vestidos de gala todos los funcionarios y sus esposas.” Me miraste, esperando una reacción. Te miré sin entender. “IARI ESTÁN ASUMIENDO QUE TODOS LOS FUNCIONARIOS SON HOMBRES, TE DAS CUENTA?” Tenías razón, claro. Tenías razón y sonreí de acá a la China. Orgullosa. Sonreí la semana entera y se lo conté a todos mis amigos, me acuerdo.  Al final me ibas a terminar enseñando feminismo vos.

Un día en teatro hiciste una escena sin palabras. Vos, la canción y tu cinta. Entraste segura. Cerraste los ojos y sonreíste sola. Bailaste. Como si nadie te viera, con todos nosotros sentados al frente. Fresca, mujer, libre. Qué ganas de que te hayas visto. Nunca estuviste tan linda. Eras vos. Natural. Sin miedos. Eras la que sos cuando te reís. Conquistabas el mundo con tu energía roja intensa. Nos tenías enamorados. Eras la chica de la que hablan las canciones.

My job here is done, pensé.

Y se me infló el corazón de orgullo y un poquito te extrañé por adelantado consciente de que el momento en que no me necesites más, está llegando.

Nunca te dije gracias por invadir mi vida con burbujas y plastilina. Vos no sabés como aprendo de vos todo el tiempo. Me renovás con tus preguntas, con tus dilemas que abren temas que en mí creía ya resueltos. Me hacés descubrirme de nuevo, desarmarme y volver a empezar. Me llenás con el vértigo de tus primeras veces, tu furia adolescente queriendo comerse el mundo.

Nunca te dije que me puse contenta cuando me contaste que en el curso te habían empezado a flashar de hippie, atea, lesbiana, feminista. Era buena señal. Significa que estabas reflejando hacia fuera tu (r)evolución interior. Que la irradiabas. Que ellos también podían verla y les molestaba. Era buena señal. Siempre habrá resistencia al cambio.

Estabas defendiendo algo en que creías con todo tu corazón. Lo que te parecía correcto, aunque sea poco popular. Estabas diciendo lo que pensabas a riesgo de caer mal. Cómo no me iba a poner contenta.

Está bien. Que te juzguen. Que no entiendan. Que te excluyan.

Que se preparen.

Ya llegó la chica de la que hablan las canciones.

 

No sabía cómo ponerle a la carta. Si el título que tiene o “Para mi pequeña”. Me decidí por este y me reí sola entendiendo que en eso se basa nuestra relación, desde el minuto uno. En elegir verte como todo lo que sé que podes llegar a ser. Sé que ya no sos tan pequeña y que tampoco te sentís todo el día, todos los días, la chica de la cinta. Está bien. Yo te veo en potencia siempre. Siempre supe que las alas de mariposa podían ser alas de halcón.

Volá. Alto, lejos. Y cuando estés por ahí, cambiando mundos, llenando vidas, de vez en cuando, acordate mí. Y de divertirte.

Feliz cumpleaños, mi noctiluca.

 

pido unicornios

Ojalá te indigne que le deseen ser violado en una correccional a un pibe cheto que atropelló borracho a alguien tanto como cuando se lo desean a la que se manifiesta en tetas.

Ojalá te indigne que basureen creencias y pensamientos ajenos y también que haya pibas que no reciben educación sexual y mueren desangradas en la villa.

Ojalá que te agarres la cabeza cuando difunden la información del chico que terminó matando a otro afuera de Burguer King aunque no vaya a un colegio conocido.

Ojalá te indignes tanto cuando linchan socialmente a alguien con ideas parecidas a las tuyas como cuando amenazan de muerte a Pepena, la de la performance de la Virgen.

Ojalá te indigne ver que patean sin parar a un choro en el piso tanto como que hagan mierda por redes sociales a un amigo, que se mandó la cagada más grande.

Ojalá te indignen tanto los pies descalzos de los nenes en el semáforo como el “hay que matarlos a todos”, la baja de imputabilidad y la pena de muerte.

Si tu indignación es selectiva entonces no es moral, es ideología.

Nos leo debatir en grupos de WhatsApp, agarrarse de los pelos en Twitter y veo como salen todas esas preguntas a flote.

¿Qué es castigar? ¿Sirve? ¿Hay cosas imperdonables? ¿Cuáles? ¿Según quién? ¿Sirve de algo el odio? ¿De dónde sale? ¿Cuál es la línea que divide justicia de venganza? ¿Existe el perdón?

¿Hay gente que no se merece que me ponga en su lugar? Gente arruinada para siempre, que no merezca compasión de nadie.

(¿la gente se arruina?)

Nos leo y quiero gritar. O quedarme callada hasta pasado mañana. Quiero cancelar el mundo y las redes sociales y también invitarlos a todos a merendar a mi casa y que charlemos en serio.

Quiero escucharte.

A veces siento que Twitter es un jardín de infantes. Todos chiquilines gritando, tirándonos cosas, apuntando con el dedo. No queremos aprender, queremos tener razón. El otro tiene la culpa, es cínico e incoherente. No queremos entender. Queremos ganar.

Y yo no quiero competir. No quiero ganar nada. Me cansé. Me duele el “ellos y nosotros”. Quiero charlar en serio. Quiero que vengan todos, tinchos, braians, abortistas, k, macristas, hippies, pascua joven, feministas y darles un abrazo súper fuerte que diga: te juro que te entiendo. O que trato. Aunque vos no me entiendas a mí.

Nunca vi a nadie cambiar de opinión vía discusión cibernética, ¿vos sí? Hay demasiado público como para que no gane el ego. No le grités que no te escucha. Sólo vi cabezas abrazando ideas nuevas de a poquito, en una conversación real. Cara a cara, a corazón abierto.

¿Tan seguro estás de que el incoherente es siempre el otro?

Es más fácil tirar piedras que salir a conocer realidades.

Ya sé, pido unicornios.

Pido que la empatía gane siempre.

Cuando me toca de cerca, cuando me toca de lejos, cuando no me toca.

Entender sin justificar. Porque no hay paz sin justicia, pero la justicia nunca debe ser venganza.

Pido que sean personas todo el tiempo, todos los que no se parecen a mí.

No me da la cara para tirarte piedras.

¿Puedo negarle la compasión a alguien?

¿Alguien es sólo lo peor que hizo?

¿O es mucho más?

Ya sé, pido unicornios.

Pido que dejemos de vivir tan separados.

Tengo entrenado el optimismo, pero ayer fue uno de esos días. Esos días en que estoy consciente “de más”, que siento todo. Ayer fue uno de esos días en que me duele el mundo. Que miro mi globo terráqueo con un paquete de curitas en la mano y siento que no alcanza. Que no alcanzo.

Me duele el odio. Me duele el mundo.

Me dolés vos.

Ya sé, pido unicornios: que ames. Odiar el delito, amar al delincuente. Porque es tan persona como yo y como vos. Es un desafío. Lo digo sin autoridad moral. Simplemente eso, el amor es exigente. En algún lado leí que odiar es para los flojitos, la gente fuerte ama, ama un montón.

Si lo vieras más de cerca… si conocieras su historia, sus miedos, su cara cuando algo lo emociona, los temas que le rondan por la cabeza, las personas que le importan, sus dudas, lo que más quiere en el mundo.… no podrías odiarlo. Porque vos también tenés pasado, fantasmas y sueños. Miralo bien. No son tan diferentes.

Ya sé, pido unicornios. Pido que me mires más de cerca.

Iara Rivero

morite.

Alguien tuitea hace unos días preguntando si no los ahoga saber que van a morir porque a ella sí. Recibe muchísimas respuestas. Con buena intención y en tono alentador.

El jueves me escapé de la facultad para bancar un amigo en un velorio.

Mi hermano ve pasar una chica que se acaba de recibir en la caja de una camioneta. El desastre, la pintura, los bocinazos. Del otro lado de la avenida pasa, en el mismo momento, una carroza fúnebre.

Voy a una charla de historia y filosofía en la que, entre otras cosas, hablamos de la muerte.

No lo sabemos pero mientras estamos ahí en el teatro, en otro lado, un tal Matías (que no conozco), deja de respirar.

La noche siguiente en una juntada conozco un chico que me cuenta que a veces tiene tanto tanto miedo de morirse que la idea le quita el aire. Que pasa horas con ese peso en el pecho. Mirando el techo, dando vueltas en la cama, sin poder dormir.

Hoy me despierto y tengo mensajes de una amiga. Quiere que escriba algo sobre apreciar la vida. Me ofrece oreos a cambio.

Alguien en mi TL tuitea: “Estoy enamorada del mundo, me siento demasiado bien, no sé dónde meter tanta energía”. Nadie responde. Lógico.

Prendo la computadora y abro un archivo de Word. Es domingo.

Se me agolpan los pensamientos. Pelean por salir, por ser letras, porque los escriba primero. Estoy buscando cómo unirlos, qué hilo seguir para que esto tenga sentido. Sabiendo que no lo va a tener. Escribir sobre el final del hilo lleva implícita la falta de respuestas.

Por un momento me sorprende que el tema se haya instalado así en mi semana. De manera casi omnipresente. Pero no. Siempre está. Lo maquillamos, lo omitimos, le ponemos otros nombres. Es el tabú más viejo de la historia. Nace con nosotros. Nos pusimos de acuerdo como método de supervivencia. Escribimos grandes historias, teorías, canciones sobre la palabra eme. Pero nadie dice nada hasta que le toca de cerca. ¿O vos pasás un mate en una merienda y preguntas qué opinan sobre morirse? Y sin embargo, caminás, estudiás, comés, te enamorás con la certeza rotunda de que te vas a morir.

Y nadie quiere. Ni siquiera los que creen en el cielo o algún más allá. No quieren morir para llegar ahí. Y entonces, ¿qué hacemos? Qué se yo, mentir(nos). Hacer como que no sabemos. Ver tele, ir a trabajar, seguir la moda, tener hijos como si no fuéramos a morir. Y que a nadie se le ocurra decir lo contrario. En Twitter, por ejemplo. Contar públicamente que esta certeza te ahoga tiene como reacción millones de consejos, citas de libros, frases cliché que con la mejor onda del mundo te animan a abrazar la vida. Mirá que somos raros. Cómo nos pica que otro diga así, tan campante, algo que no nos atrevemos ni a pensar. Amá la vida, dicen y es imperativo. No pienses en cosas oscuras, no las sientas, no las nombres. Mejor hacé como todos y jugá a que la muerte no existe. A que el tiempo no es limitado y existir no es absurdo.

Es domingo. Alguien inventó el término dominguicidio. Será que cuando  tenemos tiempo libre nuestra cabeza vuela más hacia estos temas. Aunque lo que hagamos y dejemos de hacer, de lunes a domingo, a todas horas trate de contestar una sola cuestión. Qué hilo seguir para que esto tenga sentido.

Releo lo que escribí y me trabo. El cursor parpadea en esa media carilla en blanco. Sé lo que viene en este punto. Pinté un panorama muy lúgubre y ahora corresponde el remate consolador. Ahora viene el punto central de un libro de autoayuda, la luz, el abracadabra. La metáfora perfecta sobre lo hermosa que es la vida. Pero no la tengo. No tengo nada. Todos los remedios contra la angustia existencial me parecen ya inventados y el cursor sigue titilando.

El viernes en la charla, Darío (el filósofo) preguntó si en serio pensábamos que íbamos a seguir muriendo. De acá a 5 mil años, por ejemplo, la tecnología va a hacer que nadie tenga que morir, opinó. Ni mañana, ni en 300 años, pero algún día. “Y también, estoy seguro, en ese momento vamos a dejar de ser humanos”. Silencio. El teatro entero reacomodando sus ideas.

¿Será? ¿Estamos camino a aniquilar algo que nos define? ¿Y si no muriéramos más? Hace milenios que existimos buscando un remedio a la angustia. Porque no sólo sabés que te vas a morir sino que estás vivo y no tenés idea por qué. Queremos remedios, recetas, abracadabras. Los inventamos todos a las patadas, por pura necesidad. Los probamos todos con urgencia. ¿Pero y si ya lo supieras?

Si tuvieras LA respuesta, con mayúsculas, ¿la querrías?

La muerte es la pregunta máxima. De ella salen todas las demás. Imaginarte inmortal es imaginarte resuelto.

Imaginate estar vivo y saber por qué.

Imaginate nunca morir.

Imaginate sin preguntas.

Y si no hay nada que descubrir, ¿caminás? ¿Adónde? Y si no hay nada a qué aspirar, ¿tenés historias para contar? Lo inmortal no sueña. No siente pasión. No lo necesita.

Lo inmortal no es libre. No tiene la opción de ser otra cosa que correcto. Completo.

Y después estamos nosotros. Bendito milagro.

“Ser inmortal me mataría” -pienso de repente- “ojalá me muera”

Ojalá te mueras. Ojalá busques como loco y te crees un sentido, aunque sea a patadas. Ojalá nunca entiendas todo. Y te asombre la risa de un bebé y cómo cambia la luz del sol cuando se filtra por las hojas de un árbol. Ojalá sufras. Ojalá sientas hundirte. Ojalá sientas. Tanto que te quite el aire, como si fueras a explotar. Y que explotes. Ojalá explotes, muchas veces todos los días. Como si estuvieras en un laberinto o una montaña rusa. Ojalá respires hondo. Lento. Muy consciente del oxígeno llegando a tus pulmones. Sólo porque podés. Ojalá un día no respires más.

Ojalá te mueras. Te lo deseo con todo el corazón.